lunes, 10 de octubre de 2011

El archivo del Ciervo de Plata.



El archivo del Ciervo de Plata

Para V.T. ¡Feliz Cumpleaños, chere amie!

Varios han sido los factores que conspiraron para que esta memoria de mi amigo aparezca en esta serie de relatos que, en su más pura esencia, reflejan los métodos de deducción y análisis que caracterizan a mi amigo y que son la base de toda ciencia criminológica. Este es un caso, por otra parte, extraordinariamente delicado en el que intervino mi amigo un tiempo antes de resolver el misterio de Agnes Windsor en Sussex. Su resolución involucró, en su momento, a dos personas de una alta posición, y por eso se ha mantenida oculta lo más posible la relación de hechos que desembocaron al final trágico de Lord Brenstein.
El reloj de la Catedral había dado ya la decimonovena campanada cuando mi amigo cerró un libro de tapas marrones y plateadas. Su mirada cruzó toda la salita hasta encontrarme a mí, que revolvía algunas partituras en busca de una hoja de mis apuntes de Historia Universal.
-No me negarás que todo esto ha sido, cuanto menos, verdaderamente curioso -me dijo de improviso.
-¿Curioso? ¿A qué te refieres?
-Al hecho de que dos perfectos desconocidos se hayan encontrado, hayan resuelto un misterio y luego se hayan mudado a Londres para montar un consultorio criminal. Eso es lo curioso. Que desde hace cinco años, más o menos, podemos decir que hemos estado en estas oficinas y conservamos aún la salud y el buen juicio.
-¿Cuando tú dices salud y buen juicio...?
-... Es figurativo, es figurativo. ¿Recuerdas que no creías que yo era detective?
-Créeme, si algo no haré en mi vida, ese algo será el olvidar aquellos primeros días de julio. El verano más emocionante de toda mi vida -finalicé con una sutil ironía.
-Tienes razón, era necesario un segundo cadáver durante esas vacaciones. Me he puesto a recordar...
-Pues no se ha notado -bromeé.
-¿Qué sabes tú sobre el caso del Ciervo de Plata?
-¿Consideras que deba sacar la pluma?
-No creo que a estas alturas cause inconvenientes la divulgación de los hechos.
Fue entonces como me predispuse a escribir la crónica de uno de los pocos casos en que no fui compañera del señor EVans. El hecho, aunque sencillo en un primer momento, no dejaba de tener ciertas peculiaridades que gustan al estudioso del crimen y de los razonamientos que se aplican a la deducción.
-Te lo mencioné en nuestro primer encuentro -principió Adam Evans-. El Ciervo de Plata ha sido, durante muchos años, un punto de encuentro para los nobles adinerados de toda Inglaterra y Gran Bretaña. Su nombre, no obstante, no es muy conocido por el vulgo, dada su selectividad y el carácter exclusivo que tienen sus miembros. De hecho, muy pocos son los nobles que pueden ingresar a las filas de este club de caballeros. Hay pocas formas de entrar, por otro lado: teniendo mucho dinero encima y un título nobiliario de importancia, siendo hijo o descendiente directo de un miembro anterior u ocupando la plaza que deja un miembro al morir. Lord Brenstein, un caballero aristocrático, miembro de la Cámara de los Lores en el Parlamento, un cuarentón muy adinerado y también muy solitario.
Sólo el hecho de un crimen podía obligar a los representantes del Ciervo de Plata a violar la estricta confidencialidad. Y eso fue lo que ocurrió. Se le dio mucho renombre al suicidio de Lord Brenstein.
-¿Suicidio?
-Suicidio -confirmó mi amigo-. El caso apareció en todos los periódicos, y por algún sitio conservo una relación detallada del suceso que organicé basándome en los artículos más completos.
El señor Evans rebuscó entre unas viejas carpetas atestadas de papeles y sacó varios folios de plástico.
-No imaginas -me dijo al estudiarlos detenidamente- la gran cantidad de material que el estudioso del crimen podría hallar si se dedicara a profundizar en estos papeles. Casos tan importantes como el de Aberdeen, el de la finca de Cornualles, el temible amaestrador de lagartos, el látigo rojo, el misterioso caso de Margaret Holdacre... Todas son perlas criminales que muchos quisieran poder tener. En muchos de ellos has estado tú, en otros he tenido que intervenir en solitario... Y por fin, aquí encontramos lo que nosotros más anhelamos. El archivo del Ciervo de Plata.
-Amas tu trabajo.
-En absoluto -discrepó él-. Amo mi vida. Y mi vida no es trabajar, mi vida es pensar. He sido constituido una máquina pensante para operar de forma sistemática. Y mi operación es la siguiente: cazar criminales. Pasaré a leerte la relación de hechos más completa que pude elaborar.
La mañana de aquel sábado, cuando la camarera entró a la biblioteca para abrir ventanas, sacudir un poco el polvo y ver si hacía falta tinta o papel, encontraron a Lord Brenstein. Al principio, en palabras de la camarera, al ver que estaba apoyado sobre el respaldar de la silla y con el mentón sobre el pecho, pensó que estaría durmiendo... hasta que vio la sangre.
De inmediato se alertó al director del Ciervo de Plata y se llamó a la policía. Los primeros resultados arrojaron una clara evidencia: suicidio. El cadáver había sido encontrado solo, en la biblioteca, sin señales de lucha o agresión, con un abrecartas en sus manos derecha y un profundo tajo en las venas de la muñeca izquierda. No había nada sospechoso o que indicase la presencia de una segunda persona a su alrededor.
El análisis más detallado y minucioso fue aún más concluyente. El cadáver había muerto por desangramiento, y el análisis forense no reveló nada extraño: Lord Brenstein no solía tomar medicación alguna (se le preguntó a su médico de cabecera y se revisó la cajonera de su hogar y el botiquín de su baño), y en la sangre sólo se encontraron restos del alcohol, pertenecientes, sin duda, a dos copas de vino y una copita de cremme de cacao que había bebido durante la cena y después de esta. No tenía signos de violencia, agresión o cosa por el estilo. No obstante, tenía una fuerte contusión en la sien izquierda; según el examen forense, no era lo suficientemente fuerte como para matarlo, pero sí lo habría dejado inconciente. El golpe, decía el informe presentado a la prensa, debería haberse cometido con un objeto fuerte y muy sólido.
Al estudiar los bolsillos de la víctima, no se halló nada fuera de lo común. Tenía su billetera, con algunas identificaciones, papelitos sin importancia y algunas libras. Un sobre con billetes por valor de quinientas libras. Un cortaplumas con sus iniciales grabadas (un regalo del club cuando un miembro lleva cinco años en el mismo), las llaves de su casa y una pitillera de plata con las iniciales del hombre y unos cigarrillos dentro (regalo que los miembros reciben al cumplir diez años de permanencia en el Ciervo de Plata).
La noche anterior sólo había quince personas aparte de Lord Brenstein, sin contar al personal de servicio. Salvando al director, había catorce miembros regulares del club. Todos cenaron a eso de las siete y media de la tarde, terminando la cena a las ocho y media. Luego tomaron el café y finalmente el licor y los cigarrillos. A estas alturas, cuando ya eran las nueve y diez de la noche, todos comenzaron a dispersarse. Muchos se retiraron al salón de juegos, para charlar y jugar al póker. Cinco o seis dijeron que irían a sus habitaciones, entre ellos, Lord Brenstein. Los diez o nueve que se quedaron en el salón de juegos pueden dar coartadas para los demás, al menos hasta cierto momento. Pero las pocas veces que uno de ellos abandonó el salón de juegos lo hizo en compañía de otra persona, por lo que ya hay cierta seguridad... Claro que podrían haberse complotado y estarse encubriendo el uno al otro; pero como la policía manejaba la idea del suicidio, no se les ocurrió seguir haciendo leña del árbol caído.
La versión oficial fue que Lord Brenstein había ido a la biblioteca a pesar de decir que iría a su habitación. En cierto momento, decide suicidarse. Toma el abrecartas del escritorio, se hace un tajo en las venas con la mano correspondiente (se demostró que Lord Brenstein era diestro), y perdió el conocimiento. Al perder el sentido, se cayó sobre alguna superficie dura y se golpeó la sien. A causa del golpe y la pérdida de sangre, murió sin recobrar el conocimiento. El motivo del suicidio no fue tema de conversación, más que nada porque parecía una hipótesis del todo creíble.
Así fue hasta que tomé contacto directo con el caso. No tengo que relatar cómo llegué al Departamento de Investigación de Scotland Yard aquel día, cuando habían pasado pocos días del hecho, y pedí hablar con el inspector Suamson, quien dirigía la investigación. Bastaron cinco minutos para que me echaran a patadas”.
-¿Qué ocurrió luego?
-Después de eso, querida amiga -explicó con una sonrisa irónica bailando en sus ojos-, tuve que recurrir a los métodos extraordinarios. ¿Es delito convocar a las fuerzas mayores para urgencias mayores?
-No te sigo.
-Tres palabras, mi querida amiga: Elizabeth Eleonor EVans.
Se hizo un profundo silencio, sólo roto por el chisporroteante fuego del hogar. Al final yo también había comenzado a esbozar una sonrisa bastante insolente.
-Así que la condesa de Delacroix sí ha ayudado en algo al joven detective británico -comenté mientras soltaba una carcajada.
-Digamos que, en atención a tantas burlas hechas durante mi pobre y triste infancia, la condesa, mi prima, aceptó escribir una carta con cierto tenor... Aquí está, para que lo entiendas.
Procedió a dar lectura a la carta que adjunto aquí:
Al inspector jefe Suamson de Scotland Yard:

Dejará que Adam Evans investigue todo lo que quiera y mueva el cielo y la tierra si le apetece. No lo hago por beneplácito a él, sino en atención a mi pobre cordura, que se ve amenazada por la insistencia de mi primo en convertirse en detective.
Mi marido, que en paz descanse, tenía muchas y muy buenas relaciones con la Corona Inglesa en vida y yo quiero seguir conservándolas. Véalo de este modo: atentar contra los intereses de mi primo es atentar contra mis intereses (poder descansar tranquila), y atentar contra mis intereses es atentar contra sus propios intereses. La Corona Inglesa sigue teniendo en alta estima a la joven viuda del conde, que, por otra parte, resulta ser una ilustre ciudadana londinense que estará siempre a favor de la Casa Real.
No considere esto una amenaza, mas sí una advertencia amistosa.

Suya afectísima,
Condesa de Delacroix.

-Tu prima me encanta -dijo mientras reía-. Me figuro que esto cambió los ánimos de Scotland Yard, ¿no?
-Muy a regañadientes -explicó mi amigo-, dejaron que me quedara a ayudar con la investigación, y fue entonces cuando comencé a hacer notar las dificultades del caso. A estas alturas, yo ya sabía que todo había sido un asesinato.
-No entiendo cómo -confesé, sabedora de que no sería capaz de resolverlo.
-Es algo verdaderamente simple, si nos ponemos a fijar nuestra atención en el hecho y no nos desviamos. Había algo que contradecía absolutamente todo lo que la policía pensaba.
-¿Qué cosa?
No lo sé, la verdad es que no lo sé.
-¿No se te ocurre nada?
-Lo siento, la verdad es que no.
-El golpe, querida amiga -exclamó con fervor-. El golpe era la clave todo el tiempo.
-No lo veo tan concluyente -argumenté.
-No veas el golpe solo, velo en su conjunto... -Permanecí en silencio-. ¡La posición del cadáver! Según los datos que teníamos, la mucama había encontrado el cadáver sentado y con el mentón sobre el pecho. -Simuló la posición que describía-. Prácticamente estaba sentado.
-Entonces no se pudo haber golpeado después de cortarse las venas -dije-. Si el golpe lo noqueaba...
-Pero por sobre todo -explicó-, la hipótesis del golpe necesitaba que el cadáver estuviera caído en algún sitio. Podían haber pasado dos cosas: o bien alguien había movido el cadáver de lugar, o bien Lord Brenstein se levantó de la inconciencia y decidió morir sentado y dignamente.
¡Alguien tuvo que haberle asestado el golpe en la cabeza!
-Exacto -convino mi amigo-. Alguien había noqueado a Lord Brenstein antes, y alguien había simulado su suicidio. ¿La intención? En ese momento la desconocía y no podía formularla. Lo que sí sabía era que era conveniente disfrazar el asesinato en suicidio, de esa forma se evitaban las investigaciones que podrían dejar expuesto al verdadero asesino. Y así se lo hice saber al inspector a cargo del caso, quien se quedó un rato pensativo y finalmente asintió. Esta fue, más o menos, la charla que tuvimos aquella tarde.
-No voy a negar, joven Evans -me dijo-, que su razonamiento nos deja en una muy mala posición.
-En peor posición quedarían -le recordé yo- si decidieran cerrar un caso de buenas a primeras, exponiendo a que el nombre de Lord Brenstein se vea velado por las sombras del suicidio y que el verdadero asesino quede impune.
-La pista que usted me da, sin embargo, a pesar de ser bastante determinante, no creo que sea concluyente. Esta demuestra, a lo sumo, que nuestra teoría no estaba tan acertada.
-Quizás le suene raro, inspector Suamsong, pero he desarrollado la hipótesis de que, si un asesino comete un error, no es demasiado difícil encontrar nuevos errores. Basta un pequeño asidero, y luego todo queda cerrado al fin.
-¿Ha encontrado algún asidero?”.
En ese momento se quedó mirándome muy fijamente, intentando escrutarme a profundidad. Le sostuve la mirada por unos instantes; al final él cedió.
-Tengo algunas ideas -le dije-. Si usted estuviera interesado, yo podría... colaborar.
-¿Colaborar? -La palabra parecía saberle mal en la boca-. ¿En qué sentido desea usted colaborar?
-Deseo aplicar el recurso de colaboración ciudadana -expliqué con calma-. No quiero que mi nombre sea publicado en ningún sitio, sólo pretendo poder servir a la investigación desde un punto extraoficial y apartado de las fuerzas de la ley. Ser un asesor externo de la policía, si le convence esa explicación.
-Haremos algo -dijo el inspector mientras se ponía en pie-. Usted resuelva este misterio, el misterio del Ciervo de Plata, o dénos al menos alguna pista para reabrir el caso y declararlo asesinato. Luego veremos cómo seguimos”.
Mi amigo inspiró hondo e interrumpió su narración. Al final me vi exasperada e insistí, pidiendo que se explayara más sobre aquel particular.
-De acuerdo -me dijo, reanudando su relato y juntando las yemas de los dedos-. Desde ese momento tuve acceso a las huellas más jugosas del caso, a aquello que en los medios de comunicación no se exhibe y no se dice por temor al tumulto, a las habladurías o incluso al peligro de que el criminal advierta que la policía se acerca a él.
-¿Y bien?
-Pude examinar con mayor atención el cadáver. Y lo que encontré fue la gota que colmó el vaso. -Me tendió una fotografía bastante deslucida de un antebrazo delgado y pálido. Admito que me tomó bastante por sorpresa-. Esa fotografía es la que muestra la herida en las venas de la muñeca izquierda -me comentó-. Tú sabes que he hecho una especialización en heridas de arma blanca que ha servido para muchos casos. Has de saber que este no fue la excepción. Cada arma blanca tiene una forma específica que también guarda profunda relación con la forma de herida que produce. Obviamente, el ángulo de entrada, la intensidad, entre otros factores, altera en cierta medida esa marca característica, pero el estudioso se aplica a conocer todo lo posible esas diferencias que no alteran las identidades. Y al ver ese antebrazo algo me llamó la atención. No era la herida que un abrecartas podría inflingir, todo lo contrario. Era la herida de una navaja.
-¿Pudiste saber eso?
Mi pregunta había sido en tono de broma, pero mi amigo me miró con mucha seriedad al asentir. Los ojos fijos en el techo, prosiguió su relato.
-Cuando lo noté... entonces comprendí que ahí había habido algo muy extraño. Sobre la procedencia de esa herida no había la menor duda, era una navaja o cortaplumas, pero el porqué había sido todo un misterio. No obstante, había una prueba final que se podía realizar al abrecartas con el que, en teoría, se había cometido el crimen. Es natural que si untas un cuchillo en mermelada el cuchillo tendrá restos de mermelada. Ahora bien, si la mermelada está en el pan, y cortas con un cuchillo ese pan con mermelada...
-... quedarán restos de pan y mermelada en el cuchillo.
-Eso mismo. Si el abrecartas había sido utilizado para infringir esa herida, cortando las venas, la piel y el músculo, en el abrecartas debían quedar restos de tejido muscular y epidermis. En efecto, un análisis a la hoja del abrecartas demostró que sólo había sangre.
-Entonces ¿esa no fue el arma homicida? ¡El caso se ponía cada vez más negro!
-Por el contrario, cada vez más claro. Cuando leí el primer informe que te pasé, una duda me había asaltado. ¿Teniendo una navaja en el bolsillo, va y toma un abrecartas del escritorio? No era muy lógico.
-Aunque no es concluyente -señalé.
-En efecto, no lo era, pero fue esa la excusa para investigar la herida y el abrecartas. Luego tuvimos oportunidad de estudiar la navaja del occiso, que se correspondía con la herida pero no tenía restos epiteliales ni sanguíneos... Llegado a este punto yo ya sabía, más o menos, qué había ocurrido. El asesino se había manejado con un alto grado de imprecisión, el asesinato no había sido planeado en modo alguno. Primero ambos hombres habían estado en la biblioteca. En el cenicero del escritorio en el que se encontró a Lord Brenstein había dos colillas de cigarrillo. En esa época era joven e inexperto, pero aún así podía reconocer las marcas de cigarros y cigarrillos por las colillas. Una de esas colillas, de Dunhill, se correspondía con los cigarrillos que tenía Lord Brenstein en la pitillera. Pero el otro... la otra colilla era de un cigarro Blends, notoriamente distinto al anterior, lo que me indicó que había estado acompañado durante un rato, el suficiente para fumar un cigarrillo. Por un motivo desconocido, el otro hombre golpea a Brenstein en la sien con un objeto sólido, semejante a un pisapapeles, y lo deja inconciente. Se da cuenta de que su situación es peligrosa, por lo que decide que todo parezca un suicidio. Aquí las cosas se terminan complicando notoriamente, principalmente por la falta de premeditación del asesinato. Créeme, ma chere mademoicelle, si yo hubiese estado en ese lugar...
-... El mundo tiene mucha suerte de que la sangre criminal que corre por tus venas se aboque a la resolución de crímenes y no a la perpetración de los mismos.
-Yo también me alegro, sobre todo pensando que mis tatarabuelos se mataron mutuamente, un tío abuelo lejano murió apuñalado por una banda de mafiosos, tengo un tío en prisión y la hermana de mi abuela decidió abrir un prostíbulo hace años. Aún no lo he podido encontrar.
Le miré con picardía.
-¡Eh! -protestó-. ¿Qué diantre estás pensando? ¡Quiero cerrar ese lugar!
-Quería ver cómo reaccionabas -me excusé-. Continúa.
-Espero que haya sido sólo eso. De acuerdo. Si yo hubiese estado allí, habría tomado directamente el abrecartas del escritorio y cortaría las venas con ese instrumento.
-¿Por qué no con la misma navaja de Brenstein?
-¿Cómo podría saber yo que Brenstein tenía allí su navaja?
-Lo pudiste haber revisado.
-En efecto, pero en esta ocasión no fue así. Todo apuntaba a que el asesino quiso disfrazar el crimen, pero lo hizo de forma inconexa y sin premeditación. Tras noquear a Lord Brenstein, toma su propio cortaplumas, semejante al que llevaba Lord Brenstein, y le corta las venas de la muñeca izquierda. Luego se encuentra con la primera gran dificultad del asunto: si quiere que se vea como un suicidio debe dejar algún arma cortante que el mismo Brenstein haya tenido que usar para quitarse la vida. El asesino no sabe que en el bolsillo de Lord Brenstein hay un cortaplumas, por lo tanto toma lo primero que tiene a su alcance, un abrecartas. Lo empapa en la sangre que sigue manando y lo deja cerca de la herida.
-¿Y a estas alturas?
-La contradicción entre la herida y el arma blanca ya fueron suficientes para hacerles sospechar. Ahí había habido una tercera arma, sin contar la de Lord Brenstein y el abrecartas. Una vez demostrado el asesinato, tuve una nueva entrevista con el inspector Suamson.
-Creo que debería haber confiado más en usted, joven EVans -me dijo ni bien hube tomado asiento en frente de su escritorio-. Pero el problema que se nos presenta ahora es el siguiente: ¿quién fue el asesino?
-¿De verdad se ha convencido de que no ha sido suicidio?
-La teoría del suicidio no se sostiene con facilidad, así que sí, por el momento, la versión oficial de la policía es que alguien ha asesinado a Lord Brenstein. La misión de la policía, en consecuencia, es encontrar al asesino de Lord Brenstein.
-Y creo que les tengo allanado el camino -dije con un carraspeo-. Claro está -precisé-, sólo si se me permite seguir en la investigación”.
-El inspector me miró de forma escrutadora y luego respondió:
-No creo que sea perjudicial para nadie. Puede seguir trabajando con nosotros. Ahora bien...
-Por supuesto. El asesino de Lord Brenstein. Según la cronología, a las siete y treinta cenaron, a las ocho y treinta consumieron café, llegando a las nueve comenzaron a fumar y a sacar el licor. Por esa misma hora, todos se desbandaron en dos grupos considerables, ¿no es así? Había dieciséis personas aquella noche, sólo contando a los nobles que son miembros del Ciervo de Plata. Trabajemos primero con la hipótesis de que Lord Brenstein fue asesinado por una sola persona, es decir, que no hay alianzas ni nada por el estilo entre los nobles. Visto de este modo, las diez personas que se quedaron en el salón de juegos tienen una coartada sólida para la hora en que se cometió el crimen (aproximadamente, nueve y cuarto o nueve y veinte). Sabemos que en algún momento alguien salió del salón de juegos, pero siempre con alguien más, así que dejemos de lado a estas diez personas.
-Eso, eso, que sigan jugando -dijo el inspector a modo de broma, cosa que me hizo mirarlo con mucha extrañeza y cohibirlo en cierta medida.
-Ahora bien -proseguí después de dar un suspiro-, de las otras seis personas que no tienen una coartada tan sólida, una de ellas es la víctima, por lo que quedan cinco principales sospechosos. Si bien esto es impreciso por el momento, debido a que la hipótesis con que trabajamos puede no ser correcta, esto nos servirá para descartar estas posibilidades y volver de cero.
-Si eso llegara a ocurrir -carraspeó el inspector-... Quiero decir, si esas hipótesis que usted está manejando ahora no fueran correctas...
-Deberíamos revisar los otros dos campos que ahora estamos descartando -expliqué con sencillez-. Primer campo: alguno de los diez nobles que estaban en la sala de juegos es el asesino. Segundo campo: algún miembro de la servidumbre es el asesino. Por lo que, como puede comprobar, no nos quedaremos tan en ascuas.
-De acuerdo -convino el inspector-. Siempre es bueno tener algún plan b en la manga, ¿no le parece?
-Le sugiero que sigamos con el plan a por el momento -respondí-. Cinco principales sospechosos. El perfil de nuestro hombre es el siguiente: tiene que llevar a lo menos cinco años en el club el Ciervo de Plata, tiene que fumar Blends, su navaja tiene que tener restos de sangre de Lord Brenstein (coincidente en tipo y género), y debe de haber tenido motivos para querer asesinar a Lord Brenstein.
-No entiendo algunos detalles -dijo el inspector.
-Son inferencias muy sencillas y poco arriesgadas, monsieur Suamson -dije con parcimonia-. Usemos las leyes de sencillez y supongamos que el asesino tenía una navaja como la de Lord Brenstein y la mayoría de miembros del club, descartando así la posibilidad de que la haya pedido prestada, robado o falsificado. La única forma que tiene de conseguirla es perteneciendo al club, por lo menos, durante cinco años. Luego está las cenizas y la colilla del cenicero. Sabemos que Lord Brenstein fumaba Dunhill, su acompañante debía fumar, por lo tanto, Blends.
-De acuerdo, es válido. Y además usted dice que la navaja del asesino debe tener la sangre de Brenstein, esto también es aceptable. Pero no sabemos de ningún motivo razonable por el que hayan querido asesinar a Brenstein.
-He ahí la cuestión -comenté-. El que nosotros no lo sepamos no indica que eso no exista. Por otra parte, es evidente que un motivo de peso había, de lo contrario no explicamos porqué Lord Brenstein fue asesinado”.
-¿Luego qué ocurrió?
A medida que avanzaba el relato, iba yo completando las páginas de mi cuaderno de forma presurosa.
-¿Chocolate? -preguntó mi amigo.
-Si continúas tu historia acepto.
Me dio un trozo bastante grande y prosiguió así su narración:
-Ocurrió lo que debía suceder -dijo con un aire filosófico-. Buscamos primero al más joven de esos cinco que no tenían coartada alguna, sólo que había ido a dormir temprano. Sir Charles Nichols. Veinticinco años, bastante adinerado y de buena posición. Un nene mimado, podríamos decir en toda regla. Bastante tendencioso, conocido jugador y algo sacado. Llevaba dos años en el club, por lo que era improbable que tuviera un cortaplumas.
-¿No es sospechoso? -dije yo-. Una persona a la que le gusta la juerga y que tiene menos de treinta años, ¿no preferiría quedarse jugando al póker en lugar de ir a dormir?
-Había una razón de peso para no hacerlo -comentó Adam Evans con una risita-. El hombre se había excedido un poco, el eufemismo del siglo, con la bebida en medio de la cena. Gran parte de los comensales lo atestiguan, que bebió no menos de tres botellas de vino y una de güisqui.
-Podía fingir la borrachera -aventuré.
-Pero no el beberse todo ese alcohol -apostilló mi amigo-. Quedaban cuatro. Dos de ellos, Lord Carmichael de sesenta años y Sir Burthon de sesenta y ocho, no fumaban Blends, sólo cigarros puros, por lo que quedaban descartados. Y nuestra lista quedó reducida a dos sospechosos: Sir David Rosthon, de cincuenta años, y Lord Edgard Digory, un treintañero que había entrado en el club hacía siete años, al morir su padre.
Mi amigo se desperezó, haciendo crujir sus huesos y bostezando largamente. Después siguió:
-Se llevaron a cabo los análisis de las respectivas navajas y fueron positivos. Sólo en una de ellas había sido hallada la sangre del tipo y del género correspondientes a Lord Brenstein. En la otra también había sangre, pero...
-¿Qué?
-Era sangre de pollo. Por lo visto, para el Cumpleaños de...
-... por favor, no me lo digas, prefiero evitar esa imagen mental.
-De acuerdo, de acuerdo. La sangre se encontró en el cortaplumas de Lord Digory.
-Un momento -reclamé-. ¿Qué hace un noble desplumando a una gallina?
Los dos nos echamos a reír a más no poder. Cuando nuestras cajas toráxicos no resistieron más, nos detuvimos entre jadeos y sollozos.
-Cuando se lo pregunté -recordó mi amigo-, Sir Rosthon comentó que le había dado la navaja a su cocinero para la cena de Cumpleaños de su esposa.
-Está bien, ¿qué ocurrió con Lord Digory?
-Algo que comprobará la genialidad de la mente humana. Sabes que nunca he dejado de indagar todos los elementos del caso antes de formarme una opinión del mismo, y ese no sería la excepción. Un detalle me parecía curioso... el sobre con quinientas libras. Algo ahí me escamaba, l llamémoslo intuición, y seguí indagando. El sobre no tenía matasellos ni estampilla, por lo que no había sido enviado a través del correo postal. Quedaban dos opciones: la primera, que Lord Brenstein hubiera puesto ahí esas quinientas libras, para no perder el dinero o cualquier otro motivo; la segunda, que Lord Brenstein hubiese recibido el dinero en ese sobre. El hallazgo fue interesantísimo. En la parte interna del sobre había escritas unas palabras: “Espero que esto garantice el silencio de nuestros secretos”. Apliqué mis habilidades de grafólogo profesional. Conseguí una muestra de escritura de Lord Brenstein y supe de inmediato que esa no era su letra. La de Brenstein era elegante y estilizada, de formas curvilíneas y alargadas, en tanto que la del sobre era pequeña y un tanto apretada, aunque legible y pulcra. Las diferencias en los trazos, las intensidades, las formas de las letras... todo difería. -Hizo una pausa-. DE la letra de Lord Brenstein, pero no de otra letra.
-La de Lord Digory -medio afirmé medio inquirí.
-La de Lord Digory -confirmó mi amigo mientras asentía-. Al final, ante el peso de las evidencias, terminó cayendo y confesó. Recuerdo aquella tarde en especial, pues me dejaron intervenir en el arresto en atención a mi contribución a la investigación.
Tras presentarle las pruebas que hablaban de su culpabilidad, el hombre nos miró uno a uno, como queriendo guardar en su memoria nuestros rostros, y luego habló con una voz quebrada por el dolor.
-Yo no quería matarlo -nos dijo-. Pero él quería interponerse. Él quería destruirme.
-¿Cómo quería destruirle? -pregunté con cierto titubeo en la voz.
No puedo decirlo -escupió de forma nerviosa.
-Hablaremos muy claramente, Lord Digory. No tiene mucho que perder, por lo que, si dice la verdad, quizá termine ganando algo más de lo que lo haría si persistiera en la mentira.
-Creo que es cierto, y de todos modos, no tardarán mucho en descubrirlo, si investigan un poco más. Veréis... Desde hace unos años, tres o cuatro, me he dedicado a ciertas actividades ilícitas que exponen a grandes riesgos a las personas que participan en esta actividad.
-Usted distribuye droga -sentencié.
-¡Al principio todo comenzó como un inocente juego! -exclamó el asesino-. Era sólo entre mis amigos más cercanos, que forman parte de la alta sociedad... Pero después, yo también comencé a sentir lo mismo que ellos, que necesitaba cada vez más y más. Comencé a vender a otras personas, de forma subrepticia y muy discreta, siempre de mi círculo social. Todo el mundo recordaba a mi pobre padre, confiaban en él y también confiaban en mí. Podía vender, y conseguía más dinero, podía comprar más y consumir más... Llegué a estar enfermo, aún hoy lo estoy. Y entonces él lo descubrió.
-¿Lord Brenstein supo de sus actividades?
-Me pescó consumiendo droga en una ocasión, cosa que no fue nada anormal, pues muchas veces coincidíamos. Lord Brenstein había sido amigo de mi padre cuando él aún vivía y me estimaba como a su propio hijo. Al principio sólo quiso ayudarme, intentar que dejara el hábito. Incluso me propuso visitar a un especialista en el extranjero, pero yo siempre le contestaba con largos y lo dejaba para más adelante. Hasta que finalmente supo que yo estaba vendiendo. Entonces su actitud pasó a ser, de un padre amoroso que intenta salvar a su hijo, a la de...
-... un hombre responsable que intenta hacer lo correcto.
-Usted lo ve así -me acusó el noble-. Pero yo lo veía de una forma distinta. Me convino a dejarlo todo o a sufrir la indignación y la condena pública. Le estaba arruinando la vida a muchos de mis amigos, todo eso debía detenerse. Me presionaba cada vez que nos veíamos. Y hace un mes me advirtió que estaba a un paso de avisarle a la policía. ¡La policía! Eso no podía, no debía ser. Le dije que intentaría dejarlo todo, ver cómo me las arreglaba, pero no pude...
-No quiso -precisé.
-Lo intenté -suspiró el noble. Sus ojos comenzaban a estar anegados en lágrimas-. Entonces pensé en sobornarlo, en darle algo para que se quedara quieto. El día anterior, metí lo primero que encontré en un sobre y se lo dejé en la puerta de su habitación del club... Pensaba que con eso se aplacaría; de hecho, si quería más no me habría molestado dárselo.
-Pero las cosas no fueron así. Al día siguiente, Lord Brenstein quiso hablar con usted, ¿no es así?
-Quedamos en la biblioteca después de la cena -corroboró mi interlocutor.
Allí estuvieron charlando entre cinco y diez minutos, si los cigarrillos no engañan. Lord Brenstein le debió haber dicho a usted que no funcionaría el soborno, que no quería su dinero y que avisaría de forma inmediata a las fuerzas legales.
-Se me vino el alma a los pies en ese instante -dijo el joven-. Quería devolverme el dinero, quería denunciarme... ¡Por Dios! ¡Yo no soy un asesino! Pero le pegué con el pisapapeles, y luego vi que estaba desmayado, pero que aún respiraba... NO quería, pero debía asesinarlo. Entonces se me ocurrió que todos creyesen que él mismo se había quitado la vida. Le corté las venas con mi navaja.
-Su primer error -le hice notar-. La mayoría de los suicidios con ese modus operandi presentan no menos de dos cortes en esa zona. Por otro lado, luego tuvo que percatarse de que no podía dejar su navaja allí, por lo que decidió dejar el abrecartas, que untó con la sangre de Lord Brenstein. Y se fue, dejándolo morir...
-No podía hacer otra cosa.
-Retractarse y rectificar -le dije.
No soy un asesino, por Dios.
-¿NO lo es? Señor Digory, piense cuántas vidas ha estado a punto de aniquilar por sus acciones, y hasta dónde llegó su desmedida ambición. La vida... ¡Mon Dieu! ¡La vida! Que cosa tan frágil y delicada, y con cuánta audacia muchos hombres creen que pueden dominarla o tazarla a su antojo... No lo juzgo, pero creo que debería arrepentirse y dolerse. Atraviese con dignidad el trance que le aguarda, y confíe en la misericordia. Demasiadas tragedias tiene ya este mundo como para añadirle una más”.
-Después de la captura -siguió mi amigo-, recibí una carta del inspector Suamson en estos términos:

Muy señor mío:
Hemos de agradecer la colaboración prestada en la investigación del caso policial. Sus métodos, aunque un tanto atípicos, nos han servido para evitar dejar sin resolver un crimen, determinando el homicidio y al homicida.
Si en algún momento desea nuestra ayuda, o incluso volver a tomar partido en una investigación policial, sepa que será bienvenido con agrado. Mis más sinceras felicitaciones.
Suyo afectísimo:
Inspector Jefe Suamson,
Departamento de Investigación de Scotland Yard”.

-Y no hay nada más que decir sobre el caso del Ciervo de Plata. Ahora bien, ya es un poco tarde, el tiempo vuela entre anécdotas, ¿no? Yo iré a dormir. Aquí te queda el dossier con todos los documentos de esta investigación, copias de cartas, muestras de escrituras, análisis de sangre y fotografías.
-¿Y el detalle más macabro de todo esto?
-Au contraire, chere amie... ¿Nunca te has fijado en las letras?
Señaló con su mano en dirección hacia la chimenea. Entre las fotografías, casi en una posición relegada, brillaba tenuemente a la luz del fuego un cortaplumas de plata.
Me incorporé y caminé hacia allí para observarla mejor, y al fijarme en ella descifré las letras. En la plata había dos iniciales: A.E.
-Un momento -susurré.
No recibí ninguna respuesta y sentí cierto silencio a mis espaldas. Al volverme encontré la salita vacía, y oí que la llave daba dos vueltas en la cerradura de la puerta del cuarto de mi amigo.
Entonces fue cuando reí.
-La plaza más inútilmente ocupada del mundo -dije en voz alta, hablando más bien hacia la nada-. ¿Si no fuma ni bebe, y la interacción social le causa repulsa, y odia a la clase alta, para qué?
Me quedé un rato más en la sala, meditando sobre las estupideces que cometen a veces los hombres.

Fin.

Nicolás Vásquez de Aragón


9 comentarios:

Nicolás dijo...

¿Lo digo otra vez? ¡Feliz Cumpleaños!

Y como siempre, gracias por publicarlo por aquí. Es un inmenso honor ver algo tan modesto en un sitio tan privilegiado.

P.S. Se siente bien retornar a los principios, ¿no? ¿Cuesta creer que estos blogs comenzaron hace casi dos años y medio, verdad?

jengibre. dijo...

Hola Nicolás!!!

Gracias a ti por tan generoso regalo.
Y ya sabes que me encantan las aventuras de esta singular pareja...
¡¡¡ya estoy ansiosa por saber que más misterios les deparará el destino!!!

Se siente muy bien retornar a casa, la verdad. No sé por cuanto tiempo, este año no está siendo nada fácil para mi. Pero no quiero volver a dejar esto desatendido.

Gracias de nuevo, y como siempre es un placer ser escaparate para tu obra...

Besitos de jengibre.

jengibre. dijo...

Por cierto... al final he optado por la sonata Claro de Luna de Beethoven. Me gustaba mucho la composición de Bach que me sugeriste, pero al final creo que esta es mas la atmósfera que creo que habría en el estudio de Adan Evans. Además, me imagino a Cath tocándola al piano...

Espero que no te importe...

Fiaris dijo...

hola Ginger,me dejas llamarte así?me gusta,pasé a saludarte,beso.

Nicolás dijo...

Sabes que confío plenamente en tus (ya podríamos decirlo, sin lugar a dudas, porque te lo has ganado a pulso) clásicas musicalizaciones (¿no pensaste nunca en ser DJ? vale lo mismo ser compositora de bandas sonoras). Por otro lado, no lo noté, a causa de que el flash player es la espinita clavada del Jaws, y lo seguirá siendo por los siglos de los siglos xD

Y ya... hay un par en la recámara, y algunas otras aventuras un poco más grandes. Pero esa es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión ;)

Nicolás dijo...

Por cierto, esto de la ventana emergente sí que facilita las cosas, comentar se torna más fácil. ¡Gracias por modificarlo!

jengibre dijo...

Hola Fiaris.

Por supuesto que puedes llamarme Ginger!!!

Nicolás es un estupendo escritor de policial. algo que me encanta y que a mi se me da fatal.

Besitos de jengibre.

jengibre dijo...

Nicolás, siento mucho que no puedas escuchar la canción... Si eso ya te enviaré el enlace a youtube para que la escuches...

Esperaré impaciente las novedades de esa pareja que tanto me gusta...

Besitos de jengibre.

jengibre dijo...

Y por cierto, no es necesario que me des las gracias... quiero que este lugar sea lo más accesible posible para vosotros así que son mas que bienvenidos vuestros comentarios y vuestras opiniones.

Besitos de jengibre.

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