domingo, 28 de marzo de 2010

Viva el musical: El Fantasma de la Ópera. I



Soy una apasionada de los musicales. No puedo evitarlo... ¡¡me gustan!!. Así que hoy me he levantado y me he dicho ¿por qué no hacer una entrada sobre un musical?. O mejor, ¿por qué no hacer una sección sobre este género?
Así que ni corta ni perezosa me he puesto a la tarea de seleccionar algunos de los mejores títulos del género. Pero la pregunta del millón era: ¿cual sería el elegido para abrir esta nueva sección? La verdad, la elección ha sido fácil. ¡¡¡Mi favorito!!! El Fantasma de la Ópera, de Andrew Lloyd Webber
El músical se estreno en Londres el 9 de octubre de 1986 con Michael Crawford, Sarah Brightman y Steve Barton en los papeles protagonistas. La historia está basada en El fantasma de la Ópera, la novela de Gaston Leroux.

Es el musical mas exitoso de Broadway. Y la obra creativa más rentable. Para que os hagáis una idea, ha ganado más dinero que Avatar (la película más rentable). Ganadora de 6 premios Tony.

Como podéis suponer hacer la selección sobre las canciones que incluiría en esta entrada ha sido lo más difícil. Pero al final he tomado una decisión salomónica... partir la entrada en dos.

Espero que os gusten tanto como a mi.

Think of you. (Sarah Brightman y Steve Barton)






Angel of music. (Sarah Brightman)





Music of the night. (Michael Crawford)

sábado, 27 de marzo de 2010

Rinconcito romántico III




Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, El Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul:

Navega, velero mío
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pechos mi valor.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

A la voz de "¡barco viene!"
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá; en su propio navío
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

La canción del pirata (José de Espronceda)




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viernes, 26 de marzo de 2010

Las bicicletas son para el verano.




Cada día es mas frecuente en las ciudades el uso de la bicicleta como medio de transporte. Muchas grandes ciudades españolas ya disponen de carriles especiales para las bicicletas e incluso sistemas públicos de alquiler de bicicletas (como el bicing en Barcelona o servicios parecidos en Gijón, Sevilla y Zaragoza). Aunque todavía no llegamos al nivel de otros países europeos como Holanda o Alemania, lugares donde está muy arraigado el uso de la bicicleta como vehículo habitual de transporte. Es un forma sana y ecológica de moverse por la ciudad.

Y a mi, que uno de los regalos de reyes que más ilusión me hizo fue una BH de color azul, me entra un nostalgia tremenda. Eran otros tiempos. Ahora los niños se mueren por un portátil, un móvil de última generación o la última vídeo consola del mercado. Pero hace unos años el juguete estrella, aquel por el que todos los niños suspirábamos, era una bicicleta. Recuerdo que todos los domingos mis padres nos llevaban al parque de la Ciudadela y allí nos turnábamos para poder subir en ella. Porque evidentemente sólo teníamos una para los tres. Por suerte, mis hermanos sólo daban unas pocas vueltas, les llamaba más su otra pasión, su balón de fútbol. Así que me dejaban a mi la bici y ellos aprovechaban las enormes extensiones de césped del parque y ¡¡¡a darle patadas al balón!!! y en seguida se les unían otros niños y se organizaba un verdadero partido de fútbol. Y yo feliz, me recorría todo el parque a velocidad de crucero.
Y recuerdo también los veranos cuando íbamos al pueblo a visitar a los abuelos. Allí la bicicleta era nuestro medio habitual de transporte. Incluso nos peleábamos por ir a hacer los recados, sólo por que íbamos en bicicleta. De hecho nos pasábamos el verano "pegados" a ella.
Pero como sucede siempre, crecimos y se nos quedó pequeña. Suspirábamos por un vespino y luego por sacarnos el carnet de conducir y tener un coche. Y la pobre quedó olvidada, relegada al desván, en casa de mi abuela.

Y ahora me gustaría poder volver a dar unas pedaladas en esa o en cualquier otra bici. Pero de momento me tengo que conformar con recordar aquellos tiempos y ver a mis sobrinos pasárselo bien en las suyas.




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jueves, 25 de marzo de 2010

Día Mundial del donante de sangre.




En este último mes he tenido que pasar mucho tiempo en el hospital, entre pruebas y las visitas a los diferentes servicios médicos que me atienden. Lo que lleva consigo largas horas en las salas de espera. Sobretodo en el servicio de oncología, donde la sala suele estar siempre llena de gente, entre los enfermos que esperan para pasar al hospital de día para recibir el tratamiento y los que, como yo, esperamos para nuestras visitas de control; y claro, los acompañantes. El día 15 allí estaba yo, sentada junto a mi madre, como siempre que tengo visita. Y me fijé en una enfermera que llevaba unos folletos en la mano. Era del banco de sangre, dejando un folleto e informando a los acompañantes sobre la necesidad de donar sangre. Cuando llegó a nuestro lado le pedí un folleto, aunque ninguna de las dos podemos ser donantes (yo por razones obvias, mi madre por ser mayor de 65 años). En ese momento se me ocurrió una idea, utilizar esta pequeña ventana al mundo para concienciar a la gente de la necesidad de donar sangre, no sólo cuando ocurre una tragedia o situaciones límites.

Porque las reservas de sangre de los hospitales suelen ser muy escasas. Si a eso le sumamos que la sangre no puede ser obtenida sintéticamente y que es muy necesaria para operaciones, trasplantes, tratamientos oncológicos y en accidentes, se entenderá el porque es importante la donación periódica de sangre. Para que os hagáis una idea. La reserva de sangre en Cataluña es de 6 días, según datos del Banc de sang i de teixits Esos datos se refieren al global, pero en algunos grupos sanguíneos la reserva es de sólo 3 días.

Quizás os preguntéis ¿por qué dar sangre? La respuesta es muy sencilla. Se me ocurren un par de motivos:

1.- Por altruimo. Porque sabes que esa sangre, que tu recuperarás en unas horas, salvará vidas. Tres para ser mas exactos, porque de cada bolsa de sangre extraída se
obtienen tres componentes sanguíneos diferentes con aplicaciones propias.

2.- Por egoísmo. Porque quizás mañana seas tú el que necesites sangre. O alguno de tus seres queridos.

Para donar sangre sólo tienes que tener ente 18 y 65 años y pesar más de 50 Kg. Los hombres pueden donar hasta 4 veces al año y las mujeres tres. Es rápido, sólo unos 10 minutos, no es necesario estar en ayuno, y luego, un bocadillo, un refresco y la satisfacción de que has ayudado a los demás. Y a continuar tu día con normalidad.


Y además hay un Día mundial del donante de sangre. El 14 de junio. Y este año es Barcelona la ciudad elegida para ser la sede del acto central de ese día. Este año el lema es "Sangre nueva" y se centrará sobretodo en los jóvenes, no sólo como donantes, sino también para difundir la donación entre su entorno.


Pocas veces es tan sencillo y fácil ayudar a los demás.



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miércoles, 24 de marzo de 2010

Día de la memoria por la verdad y la justicia.




Hoy, 24 de Marzo es un día especial para los argentinos. El Día nacional de la memoria por la verdad y la justicia. El día en que se recuerda a las víctimas de la dictadura militar que gobernó el país desde 1976 hasta 1983.

Por eso, en un día como hoy, esta bitácora se viste de luto por todas esas víctimas, por todas las familias que todavía hoy buscan a sus seres queridos desaparecidos.

Mi solidaridad, apoyo y cariño a todos los familiares. Y mi esperanza de que nunca más se produzcan hechos así.




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lunes, 22 de marzo de 2010

Tú eres el mejor.




Hoy tenía un día raro. No, no me encontraba mal. Estaba como sin fuerzas, sin ganas de nada. Un poco de bajón. Supongo que es normal. He pasado un mes y medio de miedos, nervios y pruebas. Y cuando a mitad de la semana pasada supe que ninguna de mis pesadillas se haría realidad, tuve un subidón tremendo. Pasé desde el miércoles hasta el domingo en un estado de euforia y creatividad desbordante. Y hoy tocaba el bajón, para equilibrarme de nuevo. Supongo que el hecho de que anoche tuviera pesadillas tampoco ha contribuido a mejorar mi estado de ánimo.

Pero estamos en primavera, y aunque el día de hoy haya sido gris y lluvioso, ésta es mi estación favorita. He puesto mi reproductor de mp3, nada mejor que combatir la melancolía con buena música. Y ahí estaban ellos, Celtas Cortos, para recordarme lo "hermosa que es la vida, aunque regale a veces dolor..."

Y la magia a obrado su efecto. Me he dejado envolver por cada nota, he hecho mía cada palabra y una sonrisa ha vuelto a iluminar mi cara.

Aquí os dejo la letra de "Tú eres el mejor". Para que os sirva como si de un conjuro contra el desánimo y la melancolía se tratara. Veréis como funciona. ¿Queréis probarlo?

Tú eres el mejor. (Celtas Cortos, del disco 40 de Abril)

De todo un tiempo curándome heridas,
he rescatado todo lo mejor.

Y el sentimiento me ha dado palabras que he convertido en esta
canción
Y pese a todo, qué hermosa es la vida, aunque regale a veces dolor
Aunque sea a veces cabrona perdida,
siempre hay un sitio para el amor
No te rindas nunca a la depresión.

Saca algo de fuerza de esta canción.
No abandones nunca, hay un lugar mejor, y lo llevas dentro de
tu corazón
De todo malo siempre hay algo bueno.
Del lado bueno hay algo mejor,
Y del mejor, saca lo que tú puedas, y gástalo con los de alrededor.
Date una fiesta en un día cualquiera.
Un homenaje: tú eres el mejor.

Deja que pasen esos nubarrones.
Tras la tormenta siempre sale el sol
Porque está claro, la vida es jodida, pero tú puedes darle un subidón.
Un subidón que cierre las heridas y las convierta en acorde mayor
Cómete al mundo mirando sus ojos, verás qué rico que sabe el cabrón
Y que la vida tiene muchas vidas, y es verdadera esta canción



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domingo, 21 de marzo de 2010

Rinconcito romántico II


Hoy, 21 de Marzo, es el Día mundial de la poesía Este día fue declarado por la Unesco en 2001. Y para conmemorarlo como se merece, aquí os dejo un bello poema de Rafael Alberti.

SE EQUIVOCÓ LA PALOMA


Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.

Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.

Que las estrellas, rocío;
que la calor; la nevada.
Se equivocaba.

Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.

(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)




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sábado, 20 de marzo de 2010

Primavera.





Un rayo de sol la despertó. Se colaba por una diminuta rendija en la madera de la contraventana. Amanecía un nuevo día. Y a juzgar por el fulgor de ese diminuto rayito, era un día muy luminoso. Nada que ver con los días anteriores, oscuros y fríos. Parecía que el sol quisiera volver a ser el amo y señor del cielo y les volvía a regalar su calor.
¡¡¿¿Calor??!!.
Se levantó de un salto, sobresaltada. Miró el despertador que reposaba sobre la pequeña mesita junto a su cama. No había duda. Era el día más importante y ella casi se queda dormida. Tendría que darse prisa, no podía llegar tarde al trabajo, hay cosas que no pueden esperar. Una ducha rápida, no hay tiempo de prepararse el desayuno. Picará algo por el camino. Se pone su vestido más colorido, la ocasión lo requiere. Comprueba el estado de sus alas, parece que la larga inactividad no las ha oxidado. Sólo le falta coger lo más importante, su varita de saúco. Pero, ¿dónde la habría dejado? Recordaba que el año pasado, al finalizar el trabajo, la había dejado en su lugar… No estaba allí. Pensó que debería ser más ordenada y no le pasarían estas cosas. Estaba empezando a sufrir un ataque de pánico… ¡¡¡no podía llegar tarde!!! Respiró hondo, apartó una pila de libros y ¡¡¡allí estaba!!! La recogió y salió de casa.
Era la hora. El hada primavera extendió sus alas. Tenía un largo día por delante.





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viernes, 19 de marzo de 2010

Los Fantasmas del Palacio del Rey Moro.



Hace un tiempo, cuando publiqué un cuento titulado La Promesa, me lanzásteis el reto de "darle una vuelta a la historia". De hacerla un poco menos "edulcorada", un final menos Disney. Acepté el reto, pero por diversas circunstancias he tardado un poco más de lo que me habría gustado en escribirla.

Y por fin, aquí lo tenéis. Espero que os guste.




Las ánimas del palacio del Rey Moro.

¡Abuela, esto es muy aburrido! ¿Cuándo dejará de nevar?
Estaban en pleno mes de marzo, con la primavera llamando a la puerta, pero el tiempo se había vuelto loco y les regalaba una de las peores nevadas que se recordaban en la región. Y ahora, encima, se habían quedado sin luz. La tarde amenazaba desastre. Tres niños, encerrados en una vieja casona y sin poder ver la tele ni jugar con sus videojuegos.
-Abuela, ¡¡¡me aburro!!! –gimió el más pequeño, tirando de su vestido para reclamar su atención.
Suspiró alejándose del ventanal. Los dos mayores también gritaban su aburrimiento como una cantinela sin fin. Cómo si el repetirlo fuera a hacer que la tormenta amainase o que la luz volviera a dar vida a sus “juguetes” preferidos.
-Niños, niños, calmaos. –intentó calmarlos. –Por mucho que chilléis no cambiarán las cosas. Hay que ver que pronto os aburrís los niños de hoy en día. Cuando era pequeña no había televisión, ni ordenadores, ni nada por el estilo y os aseguro que nunca estaba aburrida.
-¿No? –exclamaron los tres al unísono. – ¿Cómo hacías para no aburrirte?
-Los días como hoy, recuerdo que mi abuelo y yo nos sentábamos a la orilla de la chimenea y me contaba infinidad de historias. –explicó ella, reviviendo aquellas tardes de su infancia. -Cuentos de hadas, de príncipes convertidos en rana… Sabía muchas historias. Pero las mejores eran las de aparecidos. ¿Queréis que os cuente mi favorita?
-¡¡¡Sí!!! –corearon los tres. Se sentaron en la alfombra, rodeando la mecedora de su abuela, alumbrados por la rojiza luz que desprendía en cálido fuego que ardía en la chimenea.
-Está bien, os la contaré. Pero quiero que os estéis quietecitos y muy callados. A esta historia la llamaba “Las ánimas del palacio del Rey Moro”. La escuchó en su juventud, en Toledo, y allí aseguran que fue una historia real que sucedió en tiempos de la dominación árabe, cuando en la ciudad convivían las tres religiones.
La abuela se aclaró la voz y empezó su relato.
“Cuenta una vieja leyenda que hubo en la ciudad un médico judío cuya sabiduría y pericia en el arte de sanar le había ganado la admiración de toda la ciudad. Por eso, cuando enfermó el joven príncipe heredero, el sultán le mandó llamar. Ninguno de sus médicos reales había sido capaz de descubrir el mal que aquejaba al pequeño y éste se apagaba como una lamparita en medio de una galerna. Al sultán se le partía el corazón de ver así a su primogénito. Por eso, cuando el buen doctor consiguió determinar la dolencia que le aquejaba y tratarlo para que en unos pocos días estuviera curado, el soberano, agradecido, quiso recompensarlo. Le concedería su mayor deseo, fuera lo que fuese. Le cubriría de oro y de joyas, o le concedería privilegios y le nombraría su visir. Pero el galeno le decía que no era necesario, que saber que le príncipe estaba sano era suficiente recompensa. El sultán, admirado por su humildad, no insistió más. Le nombró su médico personal y le pidió que, por lo menos, aceptara su hospitalidad. Daría una gran fiesta en su honor. Ordenó a unos criados que lo acompañaran a los baños y que lo trataran como si fuera él mismo.
El pobre doctor se había quedado muy pensativo cuando el sultán se ofreció a cumplir su deseo. Tentado estuvo de revelarle su más íntimo deseo pero, ¿de qué serviría? No deseaba oro ni riquezas, ni ambicionaba poder. No, nada más lejos. Era feliz con lo que hacía y estaba casado con la mujer a la que amaba desde que eran niños. Pero no tenían hijos. Ese era su único deseo. Pero eso no estaba en la mano de ningún mortal. Pensó en su esposa, que era la partera de la Aljama, que traía al mundo a todos los niños de la comunidad, y en lo doloroso que esto era para ella. Lo mucho que le dolían los cuchicheos de las otras mujeres o las insinuaciones que le hacían al doctor para que la repudiara. Él intentaba tranquilizarla, le decía que no le importaban las demás mujeres. Que no le importaba que no tuvieran descendencia. Que no iba a repudiarla. Pero al final terminaban discutiendo, o peor aún, se encerraba en sí misma, sin hablarle si quiera. Era como si un muro de hielo los separara. Y últimamente ni siquiera dejaba que la tocara. Había olvidado cuando tuvieron relaciones por última vez. ¡Qué lejos quedaba ahora aquellos primeros tiempos de su matrimonio, aquellas noches llenas de pasión y deseo! Suspiró resignado y se dispuso a disfrutar de un buen baño y un masaje. Le sentaría bien.
El sultán había quedado impresionado con su nuevo médico. En un palacio dónde todos querían medrar, no era habitual que alguien no quisiera aprovecharse de su magnanimidad. Parecía una persona íntegra, aunque le pareció que alguna sombra pesaba en su alma, un velo de tristeza en sus ojos. Pero la llegada de su hija favorita le sacó de sus pensamientos. Adoraba a su hija mayor, era lo único que le quedaba de su amada sultana. A pesar del tiempo que hacía que la había perdido, no pasaba un segundo que no pensara en ella. Cierto que tenía otras esposa y todo un harén real. Pero a ninguna la había querido, pero necesitaba un heredero. Era su obligación. Por eso quería tanto a su “pequeña” Noor. Había heredado la belleza de su madre. Sus hermosos ojos azules, que contrastaban con su pelo negro azabache. Y también su carácter dulce y cariñoso. Adoraba a su hermano, de hecho no se había separado ni un momento de su lecho, tomando su manecita y cantándole bellas canciones para tranquilizarlo. Parecía cansada, pero su sonrisa seguía iluminando la estancia. ¡Que afortunado era por tenerla a su lado! Sabía que pronto tendría que buscarle un buen esposo. Pero todavía era muy joven para eso. Cierto que varios príncipes habían pedido su mano, y que su madre se convirtió en su esposa con la misma edad, pero él seguía viéndola como su niña. No quería perderla, su corazón no lo soportaría.
Poco imaginaba el sultán la causa de la sonrisa de Noor. Ni el porqué de sus ojeras. No sólo se debían al cansancio y la preocupación por la salud de su hermano. Durante esos días de cuidar a su hermano, la joven princesa había conocido al doctor. Y aunque ya no era joven, seguía siendo un hombre muy apuesto al que los mechones plateados que empezaban a colorear su pelo le hacían más interesante. Y la joven, que nunca había salido de palacio, que los únicos hombres que había conocido eran los eunucos que custodiaban el harén y los aposentos de las mujeres, se enamoró perdidamente del médico. Sabía que era una pasión prohibida, que debería olvidarle. Pero no podía. Y decidió utilizar todas sus armas para seducirlo y conquistarlo.
La fiesta fue digna de un rey. Los mejores músicos y las bailarinas más insinuantes. Un placer para los sentidos. El médico bebió el vino que le ofrecía el sultán. Sabía dulce y nada más beberlo embotó sus sentidos y confundió su mente. Se sentía eufórico y feliz. Al terminar se dirigió a los aposentos que le había asignado el soberano. Sólo pensaba en Rebeca, en lo mucho que desearía tenerla a su lado. En la alcoba una bellísima joven le esperaba envuelta en un velo transparente. Creyó que era una aparición, un ángel, era demasiado perfecta para ser real. Creyó que desaparecería al tocarla. Pero descubrió que era real, que estaba allí, a su lado. Y él, que hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, se dejó llevar por el deseo. La noche trascurrió como en un sueño. Creyó haber regresado a su juventud y a aquellas noches felices con Rebeca.
Pero al día siguiente se despertó con un horrible dolor de cabeza y abrazado a la princesa Noor. Se levantó en el acto, tenía que marcharse de allí. Si alguien descubría que había yacido con la hija del sultán era hombre muerto. Ella se despertó y le sonrió. Y supo que estaba perdido. Que el calor y la ternura de Noor habían derretido el hielo que había en su corazón.
A partir de aquella noche, los dos amantes se encontraban a escondidas, ajenos al mundo que los rodeaba. Él pasaba todo su tiempo en el palacio y apenas visitaba a su esposa. Sus obligaciones como médico real se lo impedían, eso le decía a Rebeca. Pero ella sabía que había algo más, que algo le escondía, ahora nunca le miraba a los ojos. Y supo que había otra mujer. Y ella, que antes lo había alejado de ella, sintió el doloroso aguijón de los celos. Se juró que averiguaría quien le había robado el corazón de su esposo y que le haría sentir todo el dolor que le había causado a ella.
Pero aunque los amantes ponían todo su cuidado en que nadie descubriera su secreto, no contaron con la naturaleza. El cuerpo de Noor empezó a cambiar, y pronto fue evidente que estaba embarazada. La noticia en seguida llegó a todos los rincones del palacio. El sultán, enfurecido, juró matar a quien hubiera deshonrado a su hija. La noticia del embarazo de la princesa llegó a toda la ciudad. Y por supuesto a la aljama y a Rebeca, que supo a ciencia cierta quien era el padre de esa criatura. La noticia la golpeó como un mazo. No sólo le había arrebatado a su esposo. Además le iba a dar un hijo. Lo que ella más había deseado. Y loca de celos y de dolor corrió al palacio, exigiendo ver al sultán. Le contó sus sospechas y que estaba segura que su esposo y la princesa eran amantes. El sultán mandó llamar a su hija y al médico. Estos al verse descubiertos, confesaron la verdad. Noor se arrodillo ante su padre y con los ojos anegados de lágrimas, le suplicó por la vida del médico. Le dijo que no había abusado de ella y que lo amaba con toda el alma. Ver a su hija llorar le ablandó el corazón. La miró a los ojos y supo que era sincera, y recordó lo que era amar de esa manera. Estaba dispuesto a perdonar al médico. Pero en ese momento la princesa se desplomó en el suelo en medio de un charco de sangre. Y a su lado, también ensangrentado yacía su amante. Rebeca, loca de celos, les había clavado un afiladísimo escalpelo en el costado. Y antes de que la guardia pudiera detenerla, se lo clavó en el corazón.
El sultán envejeció ese día. Había perdido las ganas de vivir. La gente empezó a decir que el palacio estaba maldito y las noches sin luna empezaron a oírse extraños sonidos. El llanto de un bebé. Algunos incluso vieron una figura fantasmal que cubierta de sangre, vaga por los salones implorando el perdón. Al fallecer el sultán, su hijo construyó otro palacio, más grande y bello. Y el antiguo palacio cayó en el olvido y quedó en ruinas. Pero todavía hoy, por sus ruinas se siguen escuchando el llanto de un bebé y los lamentos desesperados de una mujer. Y aseguran que cada noche, una figura ensangrentada vaga por los restos del palacio.”
-Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
En ese momento vuelve la luz. Y los niños lanzan exclamaciones de alegría. La abuela no sabe si porque les ha gustado el cuento o porque pueden volver a sus dibujos y a sus juegos electrónicos.
-Nos cuentas otro, abuela. –Le piden a coro los niños. –Ha sido genial.
Y la abuela mira al cielo y murmura: “Gracias, abuelo”.





jueves, 18 de marzo de 2010

New York, New York. (trilogía de Nueva York 1)



"Cielos, ¡debo haberme vuelto loca!" se pregunta mientras le paga al taxista y se baja del coche. Sea o no una locura ya no hay vuelta atrás. Respira hondo, tratando de acallar los latidos de su corazón. Lo tiene difícil. Está en medio de Times Square, esperándole. No sabe muy bien como ha terminado aquí, ni porque lo ha hecho. Sí, el por qué lo sabe muy bien. Él se lo había pedido, casi se lo había suplicado. "Te necesito" le había dicho hacía un par de noches. Y había algo en su tono de voz, una melancolía que se filtraba en cada palabra, que la convenció de que era sincero. "Sin ti nada tiene sentido", esas palabras consiguieron que las lágrimas inundasen sus ojos. Nunca creyó que se las oiría decir. Y en ese momento supo que lo haría, que lo dejaría todo atrás para ir a su encuentro. Consiguió un billete de avión para el día siguiente, metió lo imprescindible en una pequeña maleta y sin despedirse si quiera, partió rumbo a la Gran Manzana. "A la aventura, por primera vez en mi vida" pensó mientras cerraba la puerta de su pequeño apartamento. ¿Volvería? no lo sabía. Quizás...




Se habían conocido por casualidad. Unos amigos la habían convencido para que fuera a cenar, daban una pequeña fiesta, algo informal con algunos compañeros del trabajo. No tenía muchas ganas de ir, últimamente no salía demasiado. Pero insistieron tanto que no le quedó mas remedio que ir. Allí estaba él. Con aire de estar un poco perdido. Apenas hablaba el castellano y se sentía como un pez fuera del agua, como una ballena varada en la playa. Por suerte a ella siempre se le dio muy bien el inglés, así empezaron a hablar. Supo que era americano, que llevaba apenas un mes en la ciudad, que sólo estaría unos meses, el tiempo que le llevara el proyecto que estaba realizando. Descubrió que tenía los ojos verdes más bonitos que había visto en su vida. Y también que tenían muchas cosas en común. Se ofreció para enseñarle la ciudad y él aceptó encantado.

Fueron unos meses increíbles. Era innegable la atracción y la química que había entre ellos. Pero ninguno de los dos quería reconocerlo. Sólo eran amigos, muy buenos amigos. Los dos sabían que un día él volvería a su país. Que ya nada sería lo mismo.



Y ese día llegó. Fue una despedida difícil, casi fría. No se prometieron seguir en contacto. Ambos sabían que no lo harían. Ella sentía que el corazón se le rompía. No quería reconocerlo, pero se había enamorado. Consiguió mantenerse serena hasta llegar a casa, pero nada más cerrar la puerta se derrumbó. Se tendió en la cama, llorando desconsolada.



Pasó un mes y ni un sólo mensaje suyo. Ya se había resignado, ya apenas miraba el correo electrónico con la esperanza de que le hubiera enviado uno. Y de repente esa llamada en medio de la noche. Se asustó al escuchar el timbre del teléfono, contestó casi con miedo, a esas horas sólo podían ser malas noticias. Casi se le paró el corazón al escuchar su voz. Tuvo que pellizcarse para convencerse que no era un sueño. ¡Era él y le había pedido que se reunieran en Nueva York!



Y ahora estaba esperándole, en Times Square, nerviosa, temblando como una hoja, y no precisamente de frío. Por un momento tiene miedo que no aparezca, pero justo en ese instante le ve aparecer. Le reconocería en medio de una multitud. Le saluda con la mano y él la ve. Y sonríe, corriendo hacia ella. Y cuando se encuentran, él hace lo que siempre ha deseado hacer, dejarse llevar por la pasión que siempre ha sentido y la besa, poniendo todo el alma en ese beso, diciéndole sin palabras que la quiere, que siempre lo ha hecho.



sábado, 13 de marzo de 2010

Carta a Joan Manuel Serrat.

Querido Joan Manuel.

Que curiosa es la vida. Hace unos días, con motivo de la presentación de tu último disco, leía en un periódico una entrevista tuya. En ella te preguntaban por tu salud y tu contestabas algo que me gustó, dijiste "bien, sin entrar en detalles". Me gustó porque yo estaba leyendo esa entrevista en la sala de espera de un hospital. Y pensé que era una gran frase así que decidí hacerla mía. Y ayer, viendo las noticias, supe que habías sido operado de un nódulo en un pulmón

Por eso me he animado a escribirte esta carta desde esta humilde bitácora. Un pequeño mensaje de ánimo y de apoyo para ti y, sobretodo, para tu familia. Sí, porque ellos son los que peor lo pasan, lo sé por experiencia. Porque tú eres un luchador nato y estoy convencida que ahora mismo ya estás pensando en volver a tus escenarios, con ese merecido homenaje a Miguel Hernandez. 

Y sé que volverás a ganarle la partida al cáncer. Cómo ya lo hiciste hace unos años. "Porque en esta vida lo importante no es lo que te pasa, sino como lo afrontas". Palabras tuyas, dichas en aquel lejano 2004. Palabras que se me quedaron grabadas a fuego en mi alma. Yo por aquel entonces luchaba contra un cáncer, y tus palabras me dieron ánimo y mucha fuerza. Y descubrí que eran verdad. Que el cáncer es duro, pero que yo lo soy más. Y que sólo pierdes si te rindes, que nunca hay que bajar los brazos ni tirar la toalla.

Así que te envío todo mi cariño y admiración. Porque eres Grande. No sólo como músico y compositor. Eres  GRANDE como persona, que es todavía más importante.

Recibe un abrazo afectuoso y mis deseos de una pronta recuperación.

Jengibre.












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martes, 9 de marzo de 2010

Rinconito romántico. (I)

Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego encienden las sangrientas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!

Gustavo Adolfo Becquer.



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domingo, 7 de marzo de 2010

Cantando bajo la lluvia.




Hoy, como muchos ya sabréis, es la noche de los Oscars. Y la verdad es que me apetecía hacer una entrada sobre cine. E investigando por Youtube en busca de material para el post he encontrado este vídeo del blog Las 50 películas que deberías ver antes de morir sobre una de mis películas favoritas: Cantando bajo la lluvia.


martes, 2 de marzo de 2010

Poesía Nº3 en Gris menor.

Hoy traigo a vosotros un bellísimo poema de Nicolás, gran amigo de este blog. Espero que os guste.


Poesía Nº 3 en Gris menor

Distante está aquel pequeño,
perdido ya en el recuerdo.

Y su inocencia,
pura inocencia,
desvanecida está en las tinieblas.

¿Adónde has ido, querido amigo?
¿Por qué te has ido, querido amigo?

Ahora sólo queda el recuerdo,
como un hermano menor,
que vaga por las brumas de la mente.

¿Adónde ha ido aquel pequeño?
Ese que podía reír y jugar.

¿Adónde ha ido aquel amigo?
Ese que creía en poder volar.

¿Adónde has ido,
querido amigo?

¿Dónde has quedado?
¿En dónde te has perdido?

Y tu sonrisa,
esa que se dibujaba en tu rostro cuando eras feliz,
Se ha olvidado.

¿Adónde ha ido esa tu bella sonrisa?
¿Adónde ha ido a parar?
¿Adónde se ha quedado olvidada?
¿Adónde, en qué rincón del corazón, estás?

Te necesito,
querido amigo,
te necesito de verdad.

Recuerdo esos ojos enormes y abiertos,
cuando algo te llenaba de sobrecogimiento.
Recuerdo esos ojos enormes y abiertos,
cuando estabas feliz o asombrado por una maravilla descubierta.

Te recuerdo,
me recuerdo a mí,
pero no recuerdo a dónde fuiste,
a dónde fui.

¿Adónde has ido a parar,
querido hermano?
¿Adónde has ido a parar,
querido amigo del alma?

¿Te has perdido en la responsabilidad?
¿Te has extraviado en un traje formal?
¿Te has descubierto sólo en una oficina gris y fría?
¿Te has encontrado con el peso de unos zapatos negros?

Te extraño, amigo.
Oh, sí que lo hago.

Pero,
por más que quiera,
y aunque te recuerde,
no logro encontrarte.

Quizás te has perdido,
quizá me he perdido.
Quizás estés aquí dentro,
pero quizá tampoco pueda encontrarte.

¿Extrañas jugar en el jardín?
Yo también lo hago.

Extrañas correr descalzo?
Yo también lo extraño.

¿Añoras quedarte esperando la noche de Navidad?
Oh, cómo también yo lo añoro.

¿Adónde has ido?
¿En dónde te has perdido?

Te recuerdo,
oh,
te recuerdo;
pero no te veo ni te encuentro por ninguna parte, querido amigo.

Y tu inocencia,
esa pura inocencia,
cómo la extraño,
como extraño sentirla.

Y te extraño,
querido amigo,
te extraño.

Extraño sentirme asombrado por lo más común del mundo,
a causa de la inocencia.

Extraño poder preguntar,
preguntar sin que te miren como un extraño.

Y ahora habito en un mundo extraño,
perdido sin ningún verdadero amigo.
Y ahora habito un mundo extraño,
perdido sin saber nada y sabiendo todo.

Te extraño,
amigo,
te extraño.

¿Adónde has ido?
Por favor, dilo.

¿Te has perdido en un traje marrón?
¿Te has caído por el peso de unos zapatos negros?
¿Te has extraviado en una oficina gris?
¿Te has atosigado con papeles y números?

Te recuerdo bien,
pero no puedo estar de nuevo contigo;
te recuerdo bien,
me recuerdo bien.

Nunca, jamás,
jamás y nunca debí olvidarme de ti,
relegarte al fondo del cuadro,
hacerte a un lado por los papeles y esas cosas de aburridos,
dejarte detrás por la frivolidad de esas cosas mundanas.

Nunca debí olvidarme de jugar con barro,
nunca olvidarme debí.
Nunca debí olvidarme de trepar los árboles,
oh, nunca debí.

Te extraño, amigo mío;
ahora que te he perdido, te extraño, amigo mío.

¿Adónde?
¿En dónde?

Perdido estás en una gris oficina,
extraviado estás en un traje marrón,
atrapado por el peso de tus zapatos estás,
perdido en la bruma y la inmensidad.

Te extraño…
te añoro…

Adiós,
amigo,
hermano,
yo.

Adiós…
aunque no qiera, aunque me duela…
adiós…

-Nicolás Vásquez de Aragón-.




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