jueves, 20 de octubre de 2011

Los niños prefieren las hadas y no los duendes.


Hoy, este blog se convierte en posada y fonda de Senovilla, el peregrino de la blogosfera. Para mí es un honor y un placer recibirle y cederle mi espacio para su pacífica invasión. 
Muchas gracias por detener aquí tu caminar y dejarme de regalo este artículo.

Los niños prefieren las Hadas y no los Duendes



El peregrino de la blogosfera desembarca hoy en el blog de Jengibre's World para dejarles una reflexión sobre porqué a los niños les gustan más las hadas que a las niñas.

Muchas veces me he preguntado ¿Por qué los niños preferíamos las hadas a los duendes? y con el paso de los años y la edad, lo he acabado de entender y es que amigos, ser niño es algo maravilloso y las hadas siempre han estado de buen ver.



Y claro, con hadas así y la forma de descubrir el mundo que teníamos cuando éramos niños, es lógico que estas hadas ganasen a los duendes en nuestras preferencias.

Qué maravillosos años cuando éramos niños y disfrutábamos de la inocencia de no saber lo que hacíamos, visionen el siguiente vídeo.






Se dan cuenta lo pícaro que puede ser un niño, pues eso que vivan las hadas y abajo los duendes, pero que la inocencia nos acompañe siempre.

Por cierto ¿Ustedes qué prefieren hadas o duendes?


Buen viaje peregrino. ¡Vuelve cuando quieras, esta es también tu casa!

miércoles, 19 de octubre de 2011

19 de Octubre, día mundial contra el cáncer de mama.


Hoy, como cada 19 de octubre, se celebra el día mundial contra el cáncer de mama. Uno de los tumores más habituales y extendidos entre la población femenina. 
Qué se puede decir sobre esta enfermedad que no se haya dicho hasta la saciedad?. No voy a hablar de lo importante que son las auto-exploraciones mamarias, ni las mamografias periódicas, ni lo de que hay que acudir al ginecólogo al menor signo de alarma. Ni de que no hay que tener miedo a ir al médico cuando se ha detectado algún pequeño bultito por temor a la enfermedad (parece mentira, pero aún hay gente que no acude al médico ante un signo de alarma por simple y puro miedo). No, hoy quiero hablar de algo que me preocupa bastante. Porque hoy todo son consignas para concienciar a las mujeres de la importancia de las revisiones, pero ¿os habéis preguntado como van a afectar los recortes en materia de Sanidad al diagnóstico precoz de esta y de otras enfermedades? 
No se como será en otras comunidades, pero aquí en Cataluña, por lo menos en mi CAP (centro de atención primaria) las revisiones ginecológicas se realizan cada tres años. ¿Y si antes de los tres años tienes algún problema?. Si vas a pedir hora al ambulatorio con tu ginecóloga, te dicen que las revisiones son cada tres años, que no tienen fecha y que tienes que irte a un hospital de urgencias. Creedme, es cierto, a mi me ha pasado. Por no hablar de que tres años entre una mamografía y otra lo considero excesivo. Bueno, a no ser que tengas entre 50 y 64 años, que entonces, gracias al programa de detección precoz, te las hacen cada año. Eso está muy bien, pero cada vez es más el número de afectadas de menos de 50 años. ¿De verdad es lógico esperar tres años por una mamografía? 
Sé que hoy es un día para concienciar. Pero no sólo a todas las mujeres y niñas. Creo que es también necesario concienciar a los políticos que hoy se llenan la boca con su solidaridad y su lazo rosa y sin embargo no les tiembla la mano para firmar recortes en las partidas más sociales y necesarias. 
Y no nos olvidemos de la investigación. Es cierto que se ha avanzado mucho en el tratamiento y que el índice de supervivencia es muchísimo más elevado que el de otros tumores. Pero se sigue hablando de supervivencia tras 5 o 10 años, pero no de curación, todavía no. Pero tengo fe y soy optimista. Algún día nuestras hijas y nietas hablarán del cáncer como nosotros hablamos ahora de la viruela... como algo erradicado.

(encontrad una cura antes de que me crezcan las tetas)
Y no quiero terminar esta entrada especial sin hablar de los realmente importante hoy. La ESPERANZA. Seguro que todos conocemos casos muy cercanos de mujeres (algunas muy cercanas) que han pasado por esto y han salido victoriosas.  Sabemos que la lucha es dura y difícil, pero os aseguro que el premio vale la pena. 
Y yo, para solidarizarme con todas esas mujeres luchadoras, valientes y maravillosas, he vestido los blogs de color de rosa. 

lunes, 17 de octubre de 2011

El taller mágico.


Sophie era la mas feliz de las niñas. Tenía el cuarto de juegos mas grande de todas sus amigas. Tan grande que ocupaba toda la planta baja del edificio donde vivían. Es lo que tiene ser la única hija del mas reputado juguetero de París. Toda la tienda era su patio de juegos. Su padre nunca le regañaba. Siempre decía que los juguetes son para y por los niños y que era un crimen tener tantos juguetes allí, esperando a que un pequeño les de utilidad. Así que dejaba que su hija curioseara por la tienda en busca de algún juguete que le llamara la atención. Pero había una pequeña excepción. Un pequeño cuartito situado al fondo de la trastienda y que siempre estaba cerrado con llave. 
Sophie se moría de curiosidad por saber que se guardaba allí dentro. Le había preguntado a su padre y le había contestado que era donde se guardaban las herramientas y que por eso estaba siempre cerrado con llave, para que nadie se hiciera daño, pues había objetos muy peligrosos si no se manipulaban con la debida corrección. No quería que por un descuido, su pequeña se hiciera daño. 
Pero lo curioso es que hacía muchos años que nadie trabajaba en el taller. Ya no recordaba cuando fue la última vez que su padre creó una nueva pieza. Ahora casi todo lo que se vendía en la tienda venía de los mejores talleres jugueteros. Eran preciosos pero no tenían aquello que tan famosos habían hecho a los juguetes de su padre. En otro tiempo su padre había sido el maestro juguetero más famoso, no sólo de Paris sino también de toda Europa. Sus creaciones sirvieron de recreo a todos los jóvenes delfines. De sus juguetes se decía que tenían alma. Pero un buen día, en la cumbre de su éxito, dejó su taller, despidió a sus ayudantes y sólo se dedicó a su tienda. 
Sophie sabía que aún hoy en día muchos de sus antiguos clientes le ofrecían cantidades exorbitadas por volver a tener uno de sus juguetes. Pero nada, su padre siempre se negaba.  Algunos le acusaban de malgastar el don que tenía. Pero el no creía en ese don. De hecho a veces pensaba que era una maldición, pero… ¿qué sabían ellos de su don?
Sophie no sabía que le había pasado a su padre para que dejara de crear. Había pasado cuando ella era apenas un bebé. Suponía que tenía que ver con la extraña desaparición de su madre. Pero ese era un tema tabú. Si hablaba sobre ella, su padre se ponía muy triste y se volvía huraño durante días. Por eso Sophie no volvía a sacarle el tema. Eso sí, bombardeaba a preguntas a su nany. No era lo mismo, pero eso saciaba su sed de información.
Se acercaba su cumpleaños y Sophie deseaba un juguete en especial. Algo que no había en la tienda de su padre. Y era extraño. En toda la tienda no había ni una sola casa de muñecas. Había muñecas de todos tamaños y diseños. Pero ni una sola casita de juguete.  Y Sophie quería una. Una de sus compañeras de clase tenía una preciosa. Una niña presumida e insoportable que se había burlado de ella por no tener ninguna. Y eso no podía ser. Le pediría a su padre que le hiciera una. La mejor de todas. Estaba convencida de que su padre no le negaría eso. Sabía lo mucho que la quería. 
Por eso, esa misma noche, decidió pedírselo. Pero no obtuvo la respuesta que quería escuchar. Su padre se negó rotundamente a complacer sus deseos. No volvería a construir una casa de muñecas nunca más. Eso la llenó de asombro. ¿quería decir que antes había construido alguna? Y eso la llenó de esperanza. Esa casita debía estar en algún sitio. Sabía que en la tienda no había ninguna, así que miró en los libros de cuentas para saber si se había vendido alguna y quien fue su comprador. Pero nada. No se había vendido ninguna. Eso era de lo más raro. Podría haber sido un regalo, pero aún así habría quedado registrado en los libros. Su padre lo anotaba todo. También sabía que su padre nunca destruyó un juguete.  Sólo había un sitio donde pudiera estar, en la habitación prohibida. Pero ¿cómo entrar allí sin que se enterara que había entrado? Tampoco sabía cual de todas las llaves habría esa puerta. Tendría que ser más astuta. Una tarde lluviosa, vio a su padre salir del cuartito. Sophie se percató de que llave era y de dónde la guardaba. Sólo lo quedaba esperar su oportunidad. 
Unos días más tarde, su padre tuvo que marcharse de viaje unos días y ella aprovecho para entrar en la habitación. Sacó con cuidado la llave de su escondite, fijándose bien para volver a dejarla igual y que su padre no notara que la había cogido. Y con el corazón latiendo desbocado abrió la puerta prohibida. La tenue luz del quinqué que llevaba reveló un cuarto pequeño y aparentemente vacío. No había herramientas ni nada peligroso. Sólo una enorme casa de muñecas, la más bella que ella había visto jamás. Y a su lado una muñeca. Sophie corrió hacia esa muñeca, quería verla mejor. Sus rasgos le habían recordado a alguien muy querido. Al acercarse y verla mejor descubrió que era igual que su madre. El mismo pelo rubio,  sus mismos ojos. Y aquel vestido tan hermoso que ella tanto admiraba en el retrato que su padre guardaba en aquel camafeo. Rompió a llorar, no sabía muy bien porqué, pero las lágrimas se agolparon en sus ojos y no podía pararlas. Acarició el pelo de la muñeca con ternura. Y en aquel momento escuchó abrirse la puerta. Su padre acababa de abrirla. Su cara pálida, como si hubiera visto un espectro.  Corrió hasta su hija, apartándola con brusquedad de la casa de muñecas. Sin hacer caso de sus lloros y protestas la subió de nuevo a su habitación. Una vez allí, ya metida en su cama y con la muñeca en sus manos le explicó la verdad de aquella habitación. 
“Le contó que cuando era un joven aprendiz estuvo a las órdenes de un maestro juguetero excepcional. Se decía de él que era un mago o que había vendido su alma para conseguir su arte. Nada de esto era cierto. Provenía de una familia de larga tradición. Uno de sus antepasados creó algunos de los autómatas más bellos para el Basileion, en la bella Bizancio. Su arte pasó de padres a hijos hasta llegar a él. Pero el no tenía herederos, y viendo el talento de su aprendiz, le trasmitió su arte y su saber. Así logró crear los mejores artículos y crearse una bien merecida fama. Montó su propio negocio y conoció a una joven maravillosa con la que se casó. Y ahí empezó su desgracia. Un día, su esposa, embarazada de unos meses, le pidió que le construyera una casa de muñecas. Ella nunca había tenido ninguna y deseaba una para decorar el cuarto de juegos del bebé, que estaba convencida sería una niña. No vio motivo para negarse. Aunque nunca había construido ninguna (como no lo había hecho su maestro), se dedicó en cuerpo y alma a construir la más bella de todas las casas que pudieran existir. Puso en ella todo su alma. No le faltaba ningún detalle. El tiempo pasaba, su esposa dio a luz a una niña hermosa y sana, y él no podía ser más feliz. 
Y llegó el día en que la casa estuvo terminada. Era el cumpleaños de su esposa, y preparó todo para que ella disfrutara su gran día. Cenaron en uno de los mejores restaurantes de París. Ella estaba preciosa con su vestido de seda y encajes, su favorito. Cuando volvieron a casa, allí estaba la casita, en el centro del salón. Ella, entusiasmada corrió a verla. Admirando cada detalle, feliz y emocionada El fue a buscar unas copas para brindar con el mejor champán. Pero cuando ella abrió la puerta de entrada algo extraño sucedió. Sintió que todo le daba vueltas y perdió el conocimiento. Y cuando su esposo regresó, lo único que vio fue una preciosa muñeca de porcelana, totalmente idéntica a su esposa, dentro de la casita de muñecas. A partir de ese día, dejó de fabricar juguetes y escondió la casa maldita.”
Al terminar el relato Sophie lloraba desconsolada. En sus manos tenía a su madre, convertida en una muñeca de porcelana.  Le preguntó si no había algún modo de que volviera a su estado. Él le aseguró que lo había probado todo. Pero nada daba resultado. Por eso nunca quiso que ella se acercara a la casa, no quería perderla a ella también. 
Desde aquella noche, no volvieron a hablar del tema. La habitación volvió a cerrarse con llave, y Sophie guardó la muñeca en su habitación. 
Y algún día encontraría la manera de romper la maldición.


sábado, 15 de octubre de 2011

Otoño poético II.

Hace unos días, navegando por la blogosfera descubrí casi por casualidad un poema precioso de Jorge Robledo Ortiz. El poema me gustó mucho e investigue un poco sobre el autor y su obra. Y me ha sorprendido muy gratamente este poeta colombiano. Pensé que quedaría perfecto en mi otoño poético. Espero que os guste tanto como a mi.

Egoísmo de amor. (Jorge Robledo Ortiz)

Te quiero así, con celos y con rabia,
con toda la potencia de la sangre
y sin claudicaciones en el alma.
Te quiero como un hombre enamorado,
que comparte la vida y la esperanza
pero no el tiempo del objeto amado.
Te quiero con dolor y sin temores,
como quiso a la lanza de Longinos
quien fabricó una cruz con sus amores.
Te quiero con amor, sin tolerancias,
midiendo el universo con tu nombre
y el vacío estelar con tus distancias.
Te quiero sin renuncias, toda mía,
como el amanecer que no tolera
que le quiten un átomo del día.
Te quiero con razón o contra ella,
como el acantilado indiferente
al mar que lo acaricia o que lo estrella.
Te quiero con pasión, como el gitano
a quien le brilla el alma en la pupila
 y el filo de la sangre entre la mano.
Te quiero con violencia y desespero,
como quiere el marino en la tormenta
el áncora remota de un lucero.
Te quiero contra todo y contra todos
 sin medir el amor ni el sacrificio
 y sin buscar esguinces ni recodos.
Te quiero con temblor, con la entereza
de no haber conocido la sonrisa
de quien entrega el alma por flaqueza.
Te quiero como hombre, alta la frente
y sin las cobardías que arrodillan
la indignidad servil de mucha gente.
Te quiero con furor, como mereces,
montando guardia al pie de tu cariño,
dispuesto a dar la vida una y mil veces.
Te quiero así: con celos y con rabia,
con el golpe total de las arterias
y el ancestro viril de nuestra raza.


viernes, 14 de octubre de 2011

El escaparate.


Clara odiaba ver la vida tras el cristal. Llevaba más tiempo en ese escaparate del que podía recordar. ¡Y lo odiaba!. Había visto pasar las estaciones, el sol, la lluvia y las primeras nieves; y aquellas caritas sonrientes y excitadas pegadas al cristal... ¡¡¡Quería salir de allí!!!. Quería saber que había más allá del bulevar. Quería que alguna de aquellas caritas la eligiera a ella... Pero no, siempre eran las otras muñecas. Aquellas que eran todo encajes y sedas, y tirabuzones de negro pelo. Preciosas y estúpidas. Recordó a Madeleine, su última compañera en aquel escaparate. Recordó con una punzada de envidia su vestido blanco de organdí, sus zapatitos negros de charol y sus rizos negros. ¡Lo orgullosa que se sentía de su pelo!. Decía que era natural, y seguro que tenía razón. Siempre estaba sonriendo y coqueteando con los soldaditos del regimiento de lanceros del otro lado del escaparate. Ya hacía tiempo que se había marchado. También los lanceros, todos orgullosos, marchaban cantando felices, dispuestos a la lucha y a hacer felices a unos gemelos con cara de traviesos que sonreían de felicidad.
Madame Sophie la cuidaba primorosamente, le quitaba el polvo todas las mañanas con un plumerito que le hacía cosquillas en la nariz y la hacía estornudar. También le arreglaba su vestidito de algodón floreado y le peinaba sus trenzas rojizas. Ella las odiaba, pero Madame Sophie le decía que le quedaban muy bien. Que hacía juego con sus ojos verdes y sus mejillas cuajadas de pecas. También le decía que algún día entraría por la puerta una niña que reconocería su auténtico valor y que ese día ella sentiría mucho despedirse de su pequeña Clara. 
Pero eso nunca llegaba y Clara se sentía muy infeliz. Y por las noches era peor. Cuando se cerraba la tienda y Madame Sophie cerraba los porticones del escaparate, todos los juguetes cobraban vida. Y ella se sentía muy sola desde que Madeleine se había marchado. Vale que era una tonta presumida y coqueta, pero era lo más parecido a una amiga que había tenido. Y la echaba de menos. También a los lanceros... Ahora aquello estaba muy tranquilo. Sólo quedaban un oso de peluche enorme y muy reservado, una bailarina dentro de una cajita de música, y casi nunca salía de su caja; un mono de hojalata que cuando se le daba cuerda tocaba un tambor, pero que no era demasiado locuaz. 
Perdida en estas cavilaciones no reparó en que algo se acercaba a ella. Escuchó un taconazo, un saludo marcial y frente a ella esta un joven u apuesto dragón con su uniforme de gala impecable y sus botas tan lustradas que parecía de espejo. Y la estaba saludando a ella. Clara no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. 
El joven se presentó, hacía gala de una educación exquisita. Le explicó que su regimiento acababa de llegar, que se sentía algo perdido y que le había llamado la atención la tristeza y melancolía de sus bellos ojos. 
Clara se ruborizó como nunca antes lo había hecho, y una sonrisa se dibujó en su carita de porcelana. Aceptó cuando el joven la invitó a dar un paseo a la luz del rayo de luna que se filtraba de una rendija del porticón. La muñeca se sentía como en un sueño. El joven le había ofrecido su brazo, como todo un caballero, y ella creía que no podría ser más feliz. Al pasar junto a la caja de música, esta se abrió y de fondo sonó un vals. El joven soldado se paró y cogiéndola de la cintura, empezaron a bailar a la luz de la luna. 
Bailaron toda la noche. Clara se sentía etérea, flotando entre los brazos del dragón. Casi estaba amaneciendo cuando el joven la besó. Y los primeros rayos de sol los sorprendieron uno junto a otro, con las manos unidas.
Aquel fue su último día en el escaparate. Cuando Madame Sophie llegó a la juguetería y vio sus manos unidas supo que sería una crueldad separarlos. Los retiró del escaparate y los situó en la trastienda, en una casita de muñecas que su padre le había construido cuando era una niña. Juntos y felices para siempre.


lunes, 10 de octubre de 2011

El archivo del Ciervo de Plata.



El archivo del Ciervo de Plata

Para V.T. ¡Feliz Cumpleaños, chere amie!

Varios han sido los factores que conspiraron para que esta memoria de mi amigo aparezca en esta serie de relatos que, en su más pura esencia, reflejan los métodos de deducción y análisis que caracterizan a mi amigo y que son la base de toda ciencia criminológica. Este es un caso, por otra parte, extraordinariamente delicado en el que intervino mi amigo un tiempo antes de resolver el misterio de Agnes Windsor en Sussex. Su resolución involucró, en su momento, a dos personas de una alta posición, y por eso se ha mantenida oculta lo más posible la relación de hechos que desembocaron al final trágico de Lord Brenstein.
El reloj de la Catedral había dado ya la decimonovena campanada cuando mi amigo cerró un libro de tapas marrones y plateadas. Su mirada cruzó toda la salita hasta encontrarme a mí, que revolvía algunas partituras en busca de una hoja de mis apuntes de Historia Universal.
-No me negarás que todo esto ha sido, cuanto menos, verdaderamente curioso -me dijo de improviso.
-¿Curioso? ¿A qué te refieres?
-Al hecho de que dos perfectos desconocidos se hayan encontrado, hayan resuelto un misterio y luego se hayan mudado a Londres para montar un consultorio criminal. Eso es lo curioso. Que desde hace cinco años, más o menos, podemos decir que hemos estado en estas oficinas y conservamos aún la salud y el buen juicio.
-¿Cuando tú dices salud y buen juicio...?
-... Es figurativo, es figurativo. ¿Recuerdas que no creías que yo era detective?
-Créeme, si algo no haré en mi vida, ese algo será el olvidar aquellos primeros días de julio. El verano más emocionante de toda mi vida -finalicé con una sutil ironía.
-Tienes razón, era necesario un segundo cadáver durante esas vacaciones. Me he puesto a recordar...
-Pues no se ha notado -bromeé.
-¿Qué sabes tú sobre el caso del Ciervo de Plata?
-¿Consideras que deba sacar la pluma?
-No creo que a estas alturas cause inconvenientes la divulgación de los hechos.
Fue entonces como me predispuse a escribir la crónica de uno de los pocos casos en que no fui compañera del señor EVans. El hecho, aunque sencillo en un primer momento, no dejaba de tener ciertas peculiaridades que gustan al estudioso del crimen y de los razonamientos que se aplican a la deducción.
-Te lo mencioné en nuestro primer encuentro -principió Adam Evans-. El Ciervo de Plata ha sido, durante muchos años, un punto de encuentro para los nobles adinerados de toda Inglaterra y Gran Bretaña. Su nombre, no obstante, no es muy conocido por el vulgo, dada su selectividad y el carácter exclusivo que tienen sus miembros. De hecho, muy pocos son los nobles que pueden ingresar a las filas de este club de caballeros. Hay pocas formas de entrar, por otro lado: teniendo mucho dinero encima y un título nobiliario de importancia, siendo hijo o descendiente directo de un miembro anterior u ocupando la plaza que deja un miembro al morir. Lord Brenstein, un caballero aristocrático, miembro de la Cámara de los Lores en el Parlamento, un cuarentón muy adinerado y también muy solitario.
Sólo el hecho de un crimen podía obligar a los representantes del Ciervo de Plata a violar la estricta confidencialidad. Y eso fue lo que ocurrió. Se le dio mucho renombre al suicidio de Lord Brenstein.
-¿Suicidio?
-Suicidio -confirmó mi amigo-. El caso apareció en todos los periódicos, y por algún sitio conservo una relación detallada del suceso que organicé basándome en los artículos más completos.
El señor Evans rebuscó entre unas viejas carpetas atestadas de papeles y sacó varios folios de plástico.
-No imaginas -me dijo al estudiarlos detenidamente- la gran cantidad de material que el estudioso del crimen podría hallar si se dedicara a profundizar en estos papeles. Casos tan importantes como el de Aberdeen, el de la finca de Cornualles, el temible amaestrador de lagartos, el látigo rojo, el misterioso caso de Margaret Holdacre... Todas son perlas criminales que muchos quisieran poder tener. En muchos de ellos has estado tú, en otros he tenido que intervenir en solitario... Y por fin, aquí encontramos lo que nosotros más anhelamos. El archivo del Ciervo de Plata.
-Amas tu trabajo.
-En absoluto -discrepó él-. Amo mi vida. Y mi vida no es trabajar, mi vida es pensar. He sido constituido una máquina pensante para operar de forma sistemática. Y mi operación es la siguiente: cazar criminales. Pasaré a leerte la relación de hechos más completa que pude elaborar.
La mañana de aquel sábado, cuando la camarera entró a la biblioteca para abrir ventanas, sacudir un poco el polvo y ver si hacía falta tinta o papel, encontraron a Lord Brenstein. Al principio, en palabras de la camarera, al ver que estaba apoyado sobre el respaldar de la silla y con el mentón sobre el pecho, pensó que estaría durmiendo... hasta que vio la sangre.
De inmediato se alertó al director del Ciervo de Plata y se llamó a la policía. Los primeros resultados arrojaron una clara evidencia: suicidio. El cadáver había sido encontrado solo, en la biblioteca, sin señales de lucha o agresión, con un abrecartas en sus manos derecha y un profundo tajo en las venas de la muñeca izquierda. No había nada sospechoso o que indicase la presencia de una segunda persona a su alrededor.
El análisis más detallado y minucioso fue aún más concluyente. El cadáver había muerto por desangramiento, y el análisis forense no reveló nada extraño: Lord Brenstein no solía tomar medicación alguna (se le preguntó a su médico de cabecera y se revisó la cajonera de su hogar y el botiquín de su baño), y en la sangre sólo se encontraron restos del alcohol, pertenecientes, sin duda, a dos copas de vino y una copita de cremme de cacao que había bebido durante la cena y después de esta. No tenía signos de violencia, agresión o cosa por el estilo. No obstante, tenía una fuerte contusión en la sien izquierda; según el examen forense, no era lo suficientemente fuerte como para matarlo, pero sí lo habría dejado inconciente. El golpe, decía el informe presentado a la prensa, debería haberse cometido con un objeto fuerte y muy sólido.
Al estudiar los bolsillos de la víctima, no se halló nada fuera de lo común. Tenía su billetera, con algunas identificaciones, papelitos sin importancia y algunas libras. Un sobre con billetes por valor de quinientas libras. Un cortaplumas con sus iniciales grabadas (un regalo del club cuando un miembro lleva cinco años en el mismo), las llaves de su casa y una pitillera de plata con las iniciales del hombre y unos cigarrillos dentro (regalo que los miembros reciben al cumplir diez años de permanencia en el Ciervo de Plata).
La noche anterior sólo había quince personas aparte de Lord Brenstein, sin contar al personal de servicio. Salvando al director, había catorce miembros regulares del club. Todos cenaron a eso de las siete y media de la tarde, terminando la cena a las ocho y media. Luego tomaron el café y finalmente el licor y los cigarrillos. A estas alturas, cuando ya eran las nueve y diez de la noche, todos comenzaron a dispersarse. Muchos se retiraron al salón de juegos, para charlar y jugar al póker. Cinco o seis dijeron que irían a sus habitaciones, entre ellos, Lord Brenstein. Los diez o nueve que se quedaron en el salón de juegos pueden dar coartadas para los demás, al menos hasta cierto momento. Pero las pocas veces que uno de ellos abandonó el salón de juegos lo hizo en compañía de otra persona, por lo que ya hay cierta seguridad... Claro que podrían haberse complotado y estarse encubriendo el uno al otro; pero como la policía manejaba la idea del suicidio, no se les ocurrió seguir haciendo leña del árbol caído.
La versión oficial fue que Lord Brenstein había ido a la biblioteca a pesar de decir que iría a su habitación. En cierto momento, decide suicidarse. Toma el abrecartas del escritorio, se hace un tajo en las venas con la mano correspondiente (se demostró que Lord Brenstein era diestro), y perdió el conocimiento. Al perder el sentido, se cayó sobre alguna superficie dura y se golpeó la sien. A causa del golpe y la pérdida de sangre, murió sin recobrar el conocimiento. El motivo del suicidio no fue tema de conversación, más que nada porque parecía una hipótesis del todo creíble.
Así fue hasta que tomé contacto directo con el caso. No tengo que relatar cómo llegué al Departamento de Investigación de Scotland Yard aquel día, cuando habían pasado pocos días del hecho, y pedí hablar con el inspector Suamson, quien dirigía la investigación. Bastaron cinco minutos para que me echaran a patadas”.
-¿Qué ocurrió luego?
-Después de eso, querida amiga -explicó con una sonrisa irónica bailando en sus ojos-, tuve que recurrir a los métodos extraordinarios. ¿Es delito convocar a las fuerzas mayores para urgencias mayores?
-No te sigo.
-Tres palabras, mi querida amiga: Elizabeth Eleonor EVans.
Se hizo un profundo silencio, sólo roto por el chisporroteante fuego del hogar. Al final yo también había comenzado a esbozar una sonrisa bastante insolente.
-Así que la condesa de Delacroix sí ha ayudado en algo al joven detective británico -comenté mientras soltaba una carcajada.
-Digamos que, en atención a tantas burlas hechas durante mi pobre y triste infancia, la condesa, mi prima, aceptó escribir una carta con cierto tenor... Aquí está, para que lo entiendas.
Procedió a dar lectura a la carta que adjunto aquí:
Al inspector jefe Suamson de Scotland Yard:

Dejará que Adam Evans investigue todo lo que quiera y mueva el cielo y la tierra si le apetece. No lo hago por beneplácito a él, sino en atención a mi pobre cordura, que se ve amenazada por la insistencia de mi primo en convertirse en detective.
Mi marido, que en paz descanse, tenía muchas y muy buenas relaciones con la Corona Inglesa en vida y yo quiero seguir conservándolas. Véalo de este modo: atentar contra los intereses de mi primo es atentar contra mis intereses (poder descansar tranquila), y atentar contra mis intereses es atentar contra sus propios intereses. La Corona Inglesa sigue teniendo en alta estima a la joven viuda del conde, que, por otra parte, resulta ser una ilustre ciudadana londinense que estará siempre a favor de la Casa Real.
No considere esto una amenaza, mas sí una advertencia amistosa.

Suya afectísima,
Condesa de Delacroix.

-Tu prima me encanta -dijo mientras reía-. Me figuro que esto cambió los ánimos de Scotland Yard, ¿no?
-Muy a regañadientes -explicó mi amigo-, dejaron que me quedara a ayudar con la investigación, y fue entonces cuando comencé a hacer notar las dificultades del caso. A estas alturas, yo ya sabía que todo había sido un asesinato.
-No entiendo cómo -confesé, sabedora de que no sería capaz de resolverlo.
-Es algo verdaderamente simple, si nos ponemos a fijar nuestra atención en el hecho y no nos desviamos. Había algo que contradecía absolutamente todo lo que la policía pensaba.
-¿Qué cosa?
No lo sé, la verdad es que no lo sé.
-¿No se te ocurre nada?
-Lo siento, la verdad es que no.
-El golpe, querida amiga -exclamó con fervor-. El golpe era la clave todo el tiempo.
-No lo veo tan concluyente -argumenté.
-No veas el golpe solo, velo en su conjunto... -Permanecí en silencio-. ¡La posición del cadáver! Según los datos que teníamos, la mucama había encontrado el cadáver sentado y con el mentón sobre el pecho. -Simuló la posición que describía-. Prácticamente estaba sentado.
-Entonces no se pudo haber golpeado después de cortarse las venas -dije-. Si el golpe lo noqueaba...
-Pero por sobre todo -explicó-, la hipótesis del golpe necesitaba que el cadáver estuviera caído en algún sitio. Podían haber pasado dos cosas: o bien alguien había movido el cadáver de lugar, o bien Lord Brenstein se levantó de la inconciencia y decidió morir sentado y dignamente.
¡Alguien tuvo que haberle asestado el golpe en la cabeza!
-Exacto -convino mi amigo-. Alguien había noqueado a Lord Brenstein antes, y alguien había simulado su suicidio. ¿La intención? En ese momento la desconocía y no podía formularla. Lo que sí sabía era que era conveniente disfrazar el asesinato en suicidio, de esa forma se evitaban las investigaciones que podrían dejar expuesto al verdadero asesino. Y así se lo hice saber al inspector a cargo del caso, quien se quedó un rato pensativo y finalmente asintió. Esta fue, más o menos, la charla que tuvimos aquella tarde.
-No voy a negar, joven Evans -me dijo-, que su razonamiento nos deja en una muy mala posición.
-En peor posición quedarían -le recordé yo- si decidieran cerrar un caso de buenas a primeras, exponiendo a que el nombre de Lord Brenstein se vea velado por las sombras del suicidio y que el verdadero asesino quede impune.
-La pista que usted me da, sin embargo, a pesar de ser bastante determinante, no creo que sea concluyente. Esta demuestra, a lo sumo, que nuestra teoría no estaba tan acertada.
-Quizás le suene raro, inspector Suamsong, pero he desarrollado la hipótesis de que, si un asesino comete un error, no es demasiado difícil encontrar nuevos errores. Basta un pequeño asidero, y luego todo queda cerrado al fin.
-¿Ha encontrado algún asidero?”.
En ese momento se quedó mirándome muy fijamente, intentando escrutarme a profundidad. Le sostuve la mirada por unos instantes; al final él cedió.
-Tengo algunas ideas -le dije-. Si usted estuviera interesado, yo podría... colaborar.
-¿Colaborar? -La palabra parecía saberle mal en la boca-. ¿En qué sentido desea usted colaborar?
-Deseo aplicar el recurso de colaboración ciudadana -expliqué con calma-. No quiero que mi nombre sea publicado en ningún sitio, sólo pretendo poder servir a la investigación desde un punto extraoficial y apartado de las fuerzas de la ley. Ser un asesor externo de la policía, si le convence esa explicación.
-Haremos algo -dijo el inspector mientras se ponía en pie-. Usted resuelva este misterio, el misterio del Ciervo de Plata, o dénos al menos alguna pista para reabrir el caso y declararlo asesinato. Luego veremos cómo seguimos”.
Mi amigo inspiró hondo e interrumpió su narración. Al final me vi exasperada e insistí, pidiendo que se explayara más sobre aquel particular.
-De acuerdo -me dijo, reanudando su relato y juntando las yemas de los dedos-. Desde ese momento tuve acceso a las huellas más jugosas del caso, a aquello que en los medios de comunicación no se exhibe y no se dice por temor al tumulto, a las habladurías o incluso al peligro de que el criminal advierta que la policía se acerca a él.
-¿Y bien?
-Pude examinar con mayor atención el cadáver. Y lo que encontré fue la gota que colmó el vaso. -Me tendió una fotografía bastante deslucida de un antebrazo delgado y pálido. Admito que me tomó bastante por sorpresa-. Esa fotografía es la que muestra la herida en las venas de la muñeca izquierda -me comentó-. Tú sabes que he hecho una especialización en heridas de arma blanca que ha servido para muchos casos. Has de saber que este no fue la excepción. Cada arma blanca tiene una forma específica que también guarda profunda relación con la forma de herida que produce. Obviamente, el ángulo de entrada, la intensidad, entre otros factores, altera en cierta medida esa marca característica, pero el estudioso se aplica a conocer todo lo posible esas diferencias que no alteran las identidades. Y al ver ese antebrazo algo me llamó la atención. No era la herida que un abrecartas podría inflingir, todo lo contrario. Era la herida de una navaja.
-¿Pudiste saber eso?
Mi pregunta había sido en tono de broma, pero mi amigo me miró con mucha seriedad al asentir. Los ojos fijos en el techo, prosiguió su relato.
-Cuando lo noté... entonces comprendí que ahí había habido algo muy extraño. Sobre la procedencia de esa herida no había la menor duda, era una navaja o cortaplumas, pero el porqué había sido todo un misterio. No obstante, había una prueba final que se podía realizar al abrecartas con el que, en teoría, se había cometido el crimen. Es natural que si untas un cuchillo en mermelada el cuchillo tendrá restos de mermelada. Ahora bien, si la mermelada está en el pan, y cortas con un cuchillo ese pan con mermelada...
-... quedarán restos de pan y mermelada en el cuchillo.
-Eso mismo. Si el abrecartas había sido utilizado para infringir esa herida, cortando las venas, la piel y el músculo, en el abrecartas debían quedar restos de tejido muscular y epidermis. En efecto, un análisis a la hoja del abrecartas demostró que sólo había sangre.
-Entonces ¿esa no fue el arma homicida? ¡El caso se ponía cada vez más negro!
-Por el contrario, cada vez más claro. Cuando leí el primer informe que te pasé, una duda me había asaltado. ¿Teniendo una navaja en el bolsillo, va y toma un abrecartas del escritorio? No era muy lógico.
-Aunque no es concluyente -señalé.
-En efecto, no lo era, pero fue esa la excusa para investigar la herida y el abrecartas. Luego tuvimos oportunidad de estudiar la navaja del occiso, que se correspondía con la herida pero no tenía restos epiteliales ni sanguíneos... Llegado a este punto yo ya sabía, más o menos, qué había ocurrido. El asesino se había manejado con un alto grado de imprecisión, el asesinato no había sido planeado en modo alguno. Primero ambos hombres habían estado en la biblioteca. En el cenicero del escritorio en el que se encontró a Lord Brenstein había dos colillas de cigarrillo. En esa época era joven e inexperto, pero aún así podía reconocer las marcas de cigarros y cigarrillos por las colillas. Una de esas colillas, de Dunhill, se correspondía con los cigarrillos que tenía Lord Brenstein en la pitillera. Pero el otro... la otra colilla era de un cigarro Blends, notoriamente distinto al anterior, lo que me indicó que había estado acompañado durante un rato, el suficiente para fumar un cigarrillo. Por un motivo desconocido, el otro hombre golpea a Brenstein en la sien con un objeto sólido, semejante a un pisapapeles, y lo deja inconciente. Se da cuenta de que su situación es peligrosa, por lo que decide que todo parezca un suicidio. Aquí las cosas se terminan complicando notoriamente, principalmente por la falta de premeditación del asesinato. Créeme, ma chere mademoicelle, si yo hubiese estado en ese lugar...
-... El mundo tiene mucha suerte de que la sangre criminal que corre por tus venas se aboque a la resolución de crímenes y no a la perpetración de los mismos.
-Yo también me alegro, sobre todo pensando que mis tatarabuelos se mataron mutuamente, un tío abuelo lejano murió apuñalado por una banda de mafiosos, tengo un tío en prisión y la hermana de mi abuela decidió abrir un prostíbulo hace años. Aún no lo he podido encontrar.
Le miré con picardía.
-¡Eh! -protestó-. ¿Qué diantre estás pensando? ¡Quiero cerrar ese lugar!
-Quería ver cómo reaccionabas -me excusé-. Continúa.
-Espero que haya sido sólo eso. De acuerdo. Si yo hubiese estado allí, habría tomado directamente el abrecartas del escritorio y cortaría las venas con ese instrumento.
-¿Por qué no con la misma navaja de Brenstein?
-¿Cómo podría saber yo que Brenstein tenía allí su navaja?
-Lo pudiste haber revisado.
-En efecto, pero en esta ocasión no fue así. Todo apuntaba a que el asesino quiso disfrazar el crimen, pero lo hizo de forma inconexa y sin premeditación. Tras noquear a Lord Brenstein, toma su propio cortaplumas, semejante al que llevaba Lord Brenstein, y le corta las venas de la muñeca izquierda. Luego se encuentra con la primera gran dificultad del asunto: si quiere que se vea como un suicidio debe dejar algún arma cortante que el mismo Brenstein haya tenido que usar para quitarse la vida. El asesino no sabe que en el bolsillo de Lord Brenstein hay un cortaplumas, por lo tanto toma lo primero que tiene a su alcance, un abrecartas. Lo empapa en la sangre que sigue manando y lo deja cerca de la herida.
-¿Y a estas alturas?
-La contradicción entre la herida y el arma blanca ya fueron suficientes para hacerles sospechar. Ahí había habido una tercera arma, sin contar la de Lord Brenstein y el abrecartas. Una vez demostrado el asesinato, tuve una nueva entrevista con el inspector Suamson.
-Creo que debería haber confiado más en usted, joven EVans -me dijo ni bien hube tomado asiento en frente de su escritorio-. Pero el problema que se nos presenta ahora es el siguiente: ¿quién fue el asesino?
-¿De verdad se ha convencido de que no ha sido suicidio?
-La teoría del suicidio no se sostiene con facilidad, así que sí, por el momento, la versión oficial de la policía es que alguien ha asesinado a Lord Brenstein. La misión de la policía, en consecuencia, es encontrar al asesino de Lord Brenstein.
-Y creo que les tengo allanado el camino -dije con un carraspeo-. Claro está -precisé-, sólo si se me permite seguir en la investigación”.
-El inspector me miró de forma escrutadora y luego respondió:
-No creo que sea perjudicial para nadie. Puede seguir trabajando con nosotros. Ahora bien...
-Por supuesto. El asesino de Lord Brenstein. Según la cronología, a las siete y treinta cenaron, a las ocho y treinta consumieron café, llegando a las nueve comenzaron a fumar y a sacar el licor. Por esa misma hora, todos se desbandaron en dos grupos considerables, ¿no es así? Había dieciséis personas aquella noche, sólo contando a los nobles que son miembros del Ciervo de Plata. Trabajemos primero con la hipótesis de que Lord Brenstein fue asesinado por una sola persona, es decir, que no hay alianzas ni nada por el estilo entre los nobles. Visto de este modo, las diez personas que se quedaron en el salón de juegos tienen una coartada sólida para la hora en que se cometió el crimen (aproximadamente, nueve y cuarto o nueve y veinte). Sabemos que en algún momento alguien salió del salón de juegos, pero siempre con alguien más, así que dejemos de lado a estas diez personas.
-Eso, eso, que sigan jugando -dijo el inspector a modo de broma, cosa que me hizo mirarlo con mucha extrañeza y cohibirlo en cierta medida.
-Ahora bien -proseguí después de dar un suspiro-, de las otras seis personas que no tienen una coartada tan sólida, una de ellas es la víctima, por lo que quedan cinco principales sospechosos. Si bien esto es impreciso por el momento, debido a que la hipótesis con que trabajamos puede no ser correcta, esto nos servirá para descartar estas posibilidades y volver de cero.
-Si eso llegara a ocurrir -carraspeó el inspector-... Quiero decir, si esas hipótesis que usted está manejando ahora no fueran correctas...
-Deberíamos revisar los otros dos campos que ahora estamos descartando -expliqué con sencillez-. Primer campo: alguno de los diez nobles que estaban en la sala de juegos es el asesino. Segundo campo: algún miembro de la servidumbre es el asesino. Por lo que, como puede comprobar, no nos quedaremos tan en ascuas.
-De acuerdo -convino el inspector-. Siempre es bueno tener algún plan b en la manga, ¿no le parece?
-Le sugiero que sigamos con el plan a por el momento -respondí-. Cinco principales sospechosos. El perfil de nuestro hombre es el siguiente: tiene que llevar a lo menos cinco años en el club el Ciervo de Plata, tiene que fumar Blends, su navaja tiene que tener restos de sangre de Lord Brenstein (coincidente en tipo y género), y debe de haber tenido motivos para querer asesinar a Lord Brenstein.
-No entiendo algunos detalles -dijo el inspector.
-Son inferencias muy sencillas y poco arriesgadas, monsieur Suamson -dije con parcimonia-. Usemos las leyes de sencillez y supongamos que el asesino tenía una navaja como la de Lord Brenstein y la mayoría de miembros del club, descartando así la posibilidad de que la haya pedido prestada, robado o falsificado. La única forma que tiene de conseguirla es perteneciendo al club, por lo menos, durante cinco años. Luego está las cenizas y la colilla del cenicero. Sabemos que Lord Brenstein fumaba Dunhill, su acompañante debía fumar, por lo tanto, Blends.
-De acuerdo, es válido. Y además usted dice que la navaja del asesino debe tener la sangre de Brenstein, esto también es aceptable. Pero no sabemos de ningún motivo razonable por el que hayan querido asesinar a Brenstein.
-He ahí la cuestión -comenté-. El que nosotros no lo sepamos no indica que eso no exista. Por otra parte, es evidente que un motivo de peso había, de lo contrario no explicamos porqué Lord Brenstein fue asesinado”.
-¿Luego qué ocurrió?
A medida que avanzaba el relato, iba yo completando las páginas de mi cuaderno de forma presurosa.
-¿Chocolate? -preguntó mi amigo.
-Si continúas tu historia acepto.
Me dio un trozo bastante grande y prosiguió así su narración:
-Ocurrió lo que debía suceder -dijo con un aire filosófico-. Buscamos primero al más joven de esos cinco que no tenían coartada alguna, sólo que había ido a dormir temprano. Sir Charles Nichols. Veinticinco años, bastante adinerado y de buena posición. Un nene mimado, podríamos decir en toda regla. Bastante tendencioso, conocido jugador y algo sacado. Llevaba dos años en el club, por lo que era improbable que tuviera un cortaplumas.
-¿No es sospechoso? -dije yo-. Una persona a la que le gusta la juerga y que tiene menos de treinta años, ¿no preferiría quedarse jugando al póker en lugar de ir a dormir?
-Había una razón de peso para no hacerlo -comentó Adam Evans con una risita-. El hombre se había excedido un poco, el eufemismo del siglo, con la bebida en medio de la cena. Gran parte de los comensales lo atestiguan, que bebió no menos de tres botellas de vino y una de güisqui.
-Podía fingir la borrachera -aventuré.
-Pero no el beberse todo ese alcohol -apostilló mi amigo-. Quedaban cuatro. Dos de ellos, Lord Carmichael de sesenta años y Sir Burthon de sesenta y ocho, no fumaban Blends, sólo cigarros puros, por lo que quedaban descartados. Y nuestra lista quedó reducida a dos sospechosos: Sir David Rosthon, de cincuenta años, y Lord Edgard Digory, un treintañero que había entrado en el club hacía siete años, al morir su padre.
Mi amigo se desperezó, haciendo crujir sus huesos y bostezando largamente. Después siguió:
-Se llevaron a cabo los análisis de las respectivas navajas y fueron positivos. Sólo en una de ellas había sido hallada la sangre del tipo y del género correspondientes a Lord Brenstein. En la otra también había sangre, pero...
-¿Qué?
-Era sangre de pollo. Por lo visto, para el Cumpleaños de...
-... por favor, no me lo digas, prefiero evitar esa imagen mental.
-De acuerdo, de acuerdo. La sangre se encontró en el cortaplumas de Lord Digory.
-Un momento -reclamé-. ¿Qué hace un noble desplumando a una gallina?
Los dos nos echamos a reír a más no poder. Cuando nuestras cajas toráxicos no resistieron más, nos detuvimos entre jadeos y sollozos.
-Cuando se lo pregunté -recordó mi amigo-, Sir Rosthon comentó que le había dado la navaja a su cocinero para la cena de Cumpleaños de su esposa.
-Está bien, ¿qué ocurrió con Lord Digory?
-Algo que comprobará la genialidad de la mente humana. Sabes que nunca he dejado de indagar todos los elementos del caso antes de formarme una opinión del mismo, y ese no sería la excepción. Un detalle me parecía curioso... el sobre con quinientas libras. Algo ahí me escamaba, l llamémoslo intuición, y seguí indagando. El sobre no tenía matasellos ni estampilla, por lo que no había sido enviado a través del correo postal. Quedaban dos opciones: la primera, que Lord Brenstein hubiera puesto ahí esas quinientas libras, para no perder el dinero o cualquier otro motivo; la segunda, que Lord Brenstein hubiese recibido el dinero en ese sobre. El hallazgo fue interesantísimo. En la parte interna del sobre había escritas unas palabras: “Espero que esto garantice el silencio de nuestros secretos”. Apliqué mis habilidades de grafólogo profesional. Conseguí una muestra de escritura de Lord Brenstein y supe de inmediato que esa no era su letra. La de Brenstein era elegante y estilizada, de formas curvilíneas y alargadas, en tanto que la del sobre era pequeña y un tanto apretada, aunque legible y pulcra. Las diferencias en los trazos, las intensidades, las formas de las letras... todo difería. -Hizo una pausa-. DE la letra de Lord Brenstein, pero no de otra letra.
-La de Lord Digory -medio afirmé medio inquirí.
-La de Lord Digory -confirmó mi amigo mientras asentía-. Al final, ante el peso de las evidencias, terminó cayendo y confesó. Recuerdo aquella tarde en especial, pues me dejaron intervenir en el arresto en atención a mi contribución a la investigación.
Tras presentarle las pruebas que hablaban de su culpabilidad, el hombre nos miró uno a uno, como queriendo guardar en su memoria nuestros rostros, y luego habló con una voz quebrada por el dolor.
-Yo no quería matarlo -nos dijo-. Pero él quería interponerse. Él quería destruirme.
-¿Cómo quería destruirle? -pregunté con cierto titubeo en la voz.
No puedo decirlo -escupió de forma nerviosa.
-Hablaremos muy claramente, Lord Digory. No tiene mucho que perder, por lo que, si dice la verdad, quizá termine ganando algo más de lo que lo haría si persistiera en la mentira.
-Creo que es cierto, y de todos modos, no tardarán mucho en descubrirlo, si investigan un poco más. Veréis... Desde hace unos años, tres o cuatro, me he dedicado a ciertas actividades ilícitas que exponen a grandes riesgos a las personas que participan en esta actividad.
-Usted distribuye droga -sentencié.
-¡Al principio todo comenzó como un inocente juego! -exclamó el asesino-. Era sólo entre mis amigos más cercanos, que forman parte de la alta sociedad... Pero después, yo también comencé a sentir lo mismo que ellos, que necesitaba cada vez más y más. Comencé a vender a otras personas, de forma subrepticia y muy discreta, siempre de mi círculo social. Todo el mundo recordaba a mi pobre padre, confiaban en él y también confiaban en mí. Podía vender, y conseguía más dinero, podía comprar más y consumir más... Llegué a estar enfermo, aún hoy lo estoy. Y entonces él lo descubrió.
-¿Lord Brenstein supo de sus actividades?
-Me pescó consumiendo droga en una ocasión, cosa que no fue nada anormal, pues muchas veces coincidíamos. Lord Brenstein había sido amigo de mi padre cuando él aún vivía y me estimaba como a su propio hijo. Al principio sólo quiso ayudarme, intentar que dejara el hábito. Incluso me propuso visitar a un especialista en el extranjero, pero yo siempre le contestaba con largos y lo dejaba para más adelante. Hasta que finalmente supo que yo estaba vendiendo. Entonces su actitud pasó a ser, de un padre amoroso que intenta salvar a su hijo, a la de...
-... un hombre responsable que intenta hacer lo correcto.
-Usted lo ve así -me acusó el noble-. Pero yo lo veía de una forma distinta. Me convino a dejarlo todo o a sufrir la indignación y la condena pública. Le estaba arruinando la vida a muchos de mis amigos, todo eso debía detenerse. Me presionaba cada vez que nos veíamos. Y hace un mes me advirtió que estaba a un paso de avisarle a la policía. ¡La policía! Eso no podía, no debía ser. Le dije que intentaría dejarlo todo, ver cómo me las arreglaba, pero no pude...
-No quiso -precisé.
-Lo intenté -suspiró el noble. Sus ojos comenzaban a estar anegados en lágrimas-. Entonces pensé en sobornarlo, en darle algo para que se quedara quieto. El día anterior, metí lo primero que encontré en un sobre y se lo dejé en la puerta de su habitación del club... Pensaba que con eso se aplacaría; de hecho, si quería más no me habría molestado dárselo.
-Pero las cosas no fueron así. Al día siguiente, Lord Brenstein quiso hablar con usted, ¿no es así?
-Quedamos en la biblioteca después de la cena -corroboró mi interlocutor.
Allí estuvieron charlando entre cinco y diez minutos, si los cigarrillos no engañan. Lord Brenstein le debió haber dicho a usted que no funcionaría el soborno, que no quería su dinero y que avisaría de forma inmediata a las fuerzas legales.
-Se me vino el alma a los pies en ese instante -dijo el joven-. Quería devolverme el dinero, quería denunciarme... ¡Por Dios! ¡Yo no soy un asesino! Pero le pegué con el pisapapeles, y luego vi que estaba desmayado, pero que aún respiraba... NO quería, pero debía asesinarlo. Entonces se me ocurrió que todos creyesen que él mismo se había quitado la vida. Le corté las venas con mi navaja.
-Su primer error -le hice notar-. La mayoría de los suicidios con ese modus operandi presentan no menos de dos cortes en esa zona. Por otro lado, luego tuvo que percatarse de que no podía dejar su navaja allí, por lo que decidió dejar el abrecartas, que untó con la sangre de Lord Brenstein. Y se fue, dejándolo morir...
-No podía hacer otra cosa.
-Retractarse y rectificar -le dije.
No soy un asesino, por Dios.
-¿NO lo es? Señor Digory, piense cuántas vidas ha estado a punto de aniquilar por sus acciones, y hasta dónde llegó su desmedida ambición. La vida... ¡Mon Dieu! ¡La vida! Que cosa tan frágil y delicada, y con cuánta audacia muchos hombres creen que pueden dominarla o tazarla a su antojo... No lo juzgo, pero creo que debería arrepentirse y dolerse. Atraviese con dignidad el trance que le aguarda, y confíe en la misericordia. Demasiadas tragedias tiene ya este mundo como para añadirle una más”.
-Después de la captura -siguió mi amigo-, recibí una carta del inspector Suamson en estos términos:

Muy señor mío:
Hemos de agradecer la colaboración prestada en la investigación del caso policial. Sus métodos, aunque un tanto atípicos, nos han servido para evitar dejar sin resolver un crimen, determinando el homicidio y al homicida.
Si en algún momento desea nuestra ayuda, o incluso volver a tomar partido en una investigación policial, sepa que será bienvenido con agrado. Mis más sinceras felicitaciones.
Suyo afectísimo:
Inspector Jefe Suamson,
Departamento de Investigación de Scotland Yard”.

-Y no hay nada más que decir sobre el caso del Ciervo de Plata. Ahora bien, ya es un poco tarde, el tiempo vuela entre anécdotas, ¿no? Yo iré a dormir. Aquí te queda el dossier con todos los documentos de esta investigación, copias de cartas, muestras de escrituras, análisis de sangre y fotografías.
-¿Y el detalle más macabro de todo esto?
-Au contraire, chere amie... ¿Nunca te has fijado en las letras?
Señaló con su mano en dirección hacia la chimenea. Entre las fotografías, casi en una posición relegada, brillaba tenuemente a la luz del fuego un cortaplumas de plata.
Me incorporé y caminé hacia allí para observarla mejor, y al fijarme en ella descifré las letras. En la plata había dos iniciales: A.E.
-Un momento -susurré.
No recibí ninguna respuesta y sentí cierto silencio a mis espaldas. Al volverme encontré la salita vacía, y oí que la llave daba dos vueltas en la cerradura de la puerta del cuarto de mi amigo.
Entonces fue cuando reí.
-La plaza más inútilmente ocupada del mundo -dije en voz alta, hablando más bien hacia la nada-. ¿Si no fuma ni bebe, y la interacción social le causa repulsa, y odia a la clase alta, para qué?
Me quedé un rato más en la sala, meditando sobre las estupideces que cometen a veces los hombres.

Fin.

Nicolás Vásquez de Aragón


domingo, 9 de octubre de 2011

Otoño poético.




AUTUMNAL (Rubén Darío, 1887)
Eros, Vita, Lumen
En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!
En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía:
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.

Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
--Quiero en el alma mía
tener la aspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo: --¡Ven!-- con el acento
con que hablaría un arpa. En él había
un divino aroma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!

Sobre la cima
de un monte, a medianoche,
me mostró las estrellas encendidas.
Era un jardín de oro
con pétalos de llama que titilan.
Exclamé: --¡Más!...

La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas mágicas pupilas.
Y dije: --¡Más!... Sonriendo
la celeste hada amiga
prorrumpió: --¡Y bien! ¡Las flores!

Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil y las volúbiles
que cuelgan de la rama estremecida.
Y dije: --¡Más!...

El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda,
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Allí todo era aurora.
En el fondo se vía
un bello rostro de mujer.

¡Oh, nunca,
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma sintiera!
Con su vaga sonrisa:
--¿Más?... --dijo el hada. Yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul; y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa...


sábado, 8 de octubre de 2011

Fe





 Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,
tenemos moteles, garitos, altares.

Tenemos urgencias, amores que matan,
tenemos silencio, tabaco, razones,
tenemos Venecia, tenemos Manhattan,
tenemos cenizas de revoluciones.

Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, tenemos los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo.

Tenemos el sexo y el rock y la droga,
los pies en el barrio, y el grito en el cielo,
tenemos Quintero, León y Quiroga,
y un bisnes pendiente con Pedro Botero.

Más de cien palabras, más de cien motivos
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Tenemos un as escondido en la manga,
tenemos nostalgia, piedad, insolencia,
monjas de Fellini, curas de Berlanga,
veneno, resaca, perfume, violencia.

Tenemos un techo con libros y besos,
tenemos el morbo, los celos, la sangre,
tenemos la niebla metida en los huesos,
tenemos el lujo de no tener hambre.

Tenemos talones de Aquiles sin fondos,
ropa de domingo, ninguna bandera,
nubes de verano, guerras de Macondo,
setas en noviembre, fiebre de primavera.

Glorietas, revistas, zaguanes, pistolas,
que importa, lo siento, hastasiempre, te quiero,
hinchas del atleti, gángsters de Coppola,
verónica y cuarto de Curro Romero.

Tenemos el mal de la melancolía,
la sed y la rabia, el ruido y las nueces,
tenemos el agua y, dos veces al día,
el santo milagro del pan y los peces.

Tenemos lolitas, tenemos donjuanes;
Lennon y McCartney, Gardel y LePera;
tenemos horóscopos, Biblias, Coranes,
ramblas en la luna, vírgenes de cera.

Tenemos naufragios soñados en playas
de islotes son nombre ni ley ni rutina,
tenemos heridas, tenemos medallas,
laureles de gloria, coronas de espinas.

Tenemos caprichos, muñecas hinchables,
ángeles caídos, barquitos de vela,
pobre exquisitos, ricos miserables,
ratoncitos Pérez, dolores de muelas.

Tenemos proyectos que se marchitaron,
crímenes perfectos que no cometimos,
retratos de novias que nos olvidaron,
y un alma en oferta que nunca vendimos.

Tenemos poetas, colgados, canallas,
Quijotes y Sanchos, Babel y Sodoma,
abuelos que siempre ganaban batallas,
caminos que nunca llevaban a Roma.

Título: Más de cien mentiras
Año: 1994
Letra: Joaquín Sabina
Música: Joaquín Sabina, Pancho Varona
Disco: Esta boca es mia (1994)




 Hoy 8 de octubre la blogosfera se une para hablar sobre la FE. Como ya hicieran anteriormente,Senovilla y Ángel Cabrera con la CONVIVENCIA y la Solidaridad, este año han convocado a toda la blogosfera a unirse para hablar sobre la FE. Cada uno de nosotros aportará su particular visión sobre la FE. Y de seguro que será un tema algo controvertido.
Esta palabra está tan ligada a la religión que parece difícil separarlas. Pero, ¿es la fe algo sólo exclusivo de las religiones, de los creyentes? Por supuesto que no. Si empezamos por ahí, por que sólo se consideran creyentes los que practican algún culto religioso?¿Acaso todos los seres humanos, sin excepción,no creemos en algo? ¿el hecho de no creer en un Dios significa que no creas en nada más? Hay miles de creencias no religiosas. En la ciencia, en el amor, en el rock, en Mourinho o en que España ganaría el mundial... Pero no, la palabra creyente siempre tiene connotaciones religiosas. Y lo mismo pasa con la Fe. Y no es verdad.
Pero ¿qué es la Fe? Para mí, la Fe es la creencia total y absoluta en nuestra fuerza interior. Es creer y confiar en algo que no puedes ver pero que sí puedes sentir. Y que es la fuerza que te impulsa a seguir adelante en esta vida. Tiene mucho que ver con la confianza y con la esperanza.
Para mí la fe es, como escribió el maestro Joaquín Sabina en la letra de la canción Mas de cien mentiras, que encabeza esta entrada, todas esas cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido, que hacen que no nos cortemos de un tajo las venas.
Es lo que te hace apretar los dientes y afrontar una dura enfermedad; mirarle a los ojos y saber que aunque la lucha será dura, vencerás, sin lugar a dudas. En eso se diferencia de la esperanza. Me podréis decir que, por mucha fe que tengas, las cosas no siempre salen como uno espera que salgan. Que la enfermedad esta ahí, que la medicina avanza a pasos agigantados pero que al final la muerte siempre gana la partida. Pero si leéis detenidamente mis palabras, os daréis cuenta que yo he habado de vencer la enfermedad, no de no morir. La muerte es parte de la vida, algo inevitable.
Me preguntaréis entonces ¿como se vence a la enfermedad?. Sólo hay una manera, no dejando que te domine, por el contrario, siendo tú la que te impongas a ella. Hay entra la Fe, esa fuerza que te impulsa a superar el dolor y el miedo. Es algo que sale de dentro de ti. Que te ayuda a ponerte en pie, con un trozo de gemelo menos, y a dar ese primer paso, doloroso pero necesario. Y cuando lo has dado, te das cuenta que eso es vencer a la enfermedad, porque ese paso te ha llevado a recuperar el control de tu vida. Ese pedazo de gemelo no volverá a crecer, no podrás volver a llevar un zapato de tacón de aguja, por no hablar de la cicatriz que desfigura mi pierna y que dolerá horrores cada vez que cambie el tiempo; pero todo eso no te impide llevar una vida absolutamente normal. Correr por el parque con mis sobrinos, trabajar con absoluta normalidad.Sin importar que te cueste más que a los que te rodean, eso sólo lo sabes tú.
Eso es vencer la enfermedad. Eso es para mi tener FE.

jueves, 6 de octubre de 2011

Redecorando el blog.

Hoy ha sido una tarde de actividad frenética. He "descubierto" casi por casualidad la nueva interfaz de blogger. Los que me conocen saben que para las tecnologías soy un auténtico cero a la izquierda. Pero también saben que me enfrento a ella con el espíritu de un jinete en un rodeo... dispuesta a domarla o a morir en el intento. Así que esta tarde la he pasado peleándome con plantillas, colores y demás parafernalia blogera. Pero al final he conseguido lo que hacía tiempo venía deseando: unificar los blogs en un solo espacio, la república independiente del hada Jengibre... (perdonad las referencias a cierta conocida casa de mobiliario de un país nórdico). El resultado es el que ahora podéis contemplar. Quizás es menos sofisticado que el anterior modelo. He querido simplificarlo todo, como quiero simplificar mi vida. Sólo espero que os guste y os sintáis cómodos aquí. Pues este lugar no tiene sentido sin vosotros.

miércoles, 5 de octubre de 2011

El jardín secreto






Hace unos meses os hablé de un concurso de relatos brevísimos que organizaba un hotel de lujo (el Hotel Mandarin Oriental), situado en el Paseo de Gracia; en el corazón de Barcelona.
La verdad es que casi había olvidado el certamen, y que quería presentarme a él. Digamos que este año no ha sido demasiado bueno en todos los niveles... Y el lunes, paseaba con mi madre por la zona y al pasar junto al hotel mi madre me recordó el concurso. Y cuando le dije que no me había presentado, que no se me ocurría nada, me miró con un poco de decepción en sus ojos... Y supongo que eso me espoleó a escribir. Porque mi madre ha sido muy escéptica en cuanto a mis capacidades como narradora hasta que hace unos meses le leí un par de cuentos míos. Y le gustaron, y ella no es muy de cuentos, los considera algo infantil. Pero aquellos le gustaron casi tanto como a mi sobrina. Incluso me regaló una libreta moleskine, de esas de escritora de verdad, para navidad!!!. Gracias a esa mirada, recuperé mi fe en mi misma, me puse al teclado y casi de corrido salió este micro que he presentado al concurso.
Os dejo el enlace donde podéis leerlo e incluso dejar un comentario si os ha gustado.

El jardín secreto

martes, 4 de octubre de 2011

El dragón mágico.


Ada se despertó emocionada. ¡Era un día muy especial! Llevaba varios días escuchando a sus papás hablar de ello. Ellos creían que no se enteraba, pero que apenas dominara su idioma no significaba que no les entendiera. Hablaban de fiesta, globos e incluso de un payaso... y sobre todo de muchos regalos. No sabía lo que eran todas esas cosas, pero sonaban muy bien. El día anterior, jugando en el arenero del parque, lo comentaba con otra niña que siempre se hacía la importante porque ya caminaba solita y llevaba zapatitos de charol. Pero ella tampoco sabía de que se trataba. Por suerte, llegó su mejor amigo, el pequeño Victor, que aunque era más pequeño que ellas, era increíblemente sabio e inteligente. Cuando Ada le explicó todo lo que pasaba en su casa, él se la quedó mirando con sus maravillosos y profundos ojos verdes, y con su sonrisa más amplia le explicó que lo que pasaba en su casa es que sus papás le estaban preparando una fiesta por su primer cumpleaños. ¡¡¡Cumpleaños!!! no sabía lo que era, pero sonaba muy bien. También le explicó que en esas fiestas se cantaba, se reía y se comían muchos dulces. Y también había regalos... ¡¡juguetes nuevos!!!

A Ada se le empezó a hacer la boca agua... ¡¡adoraba los dulces, aunque mamá no le dejara comer!!! La muy aguafiestas hacía siempre caso a ese señor horrible con esa odiada bata blanca que cada mes la pesaba. medía y le hacía mucho daño con aquella cosa gris que se le clavaba en el culito. Y ese siempre le prohibía todo lo que a ella le gustaba... nada de chocolate y mucha verdura... ¡eso no era divertido! Pero esa mañana Ada sólo pensaba en una cosa... ¡los regalos! Tenía muchos juguetes, demasiados decía una de sus yayas... Pero ella quería uno en especial. Quería un dragón de la suerte. Su papá cada noche le leía un libro maravilloso. Un libro sobre un niño increíblemente valiente, una niña muy enferma, pero sobre todo de un dragón de madreperla, precioso y afortunado. Y ella quería tener uno así. Quería surcar el cielo montada en su hermoso dragón. Quería ver muchas cosas y sus pequeñas pieriecitas apenas la sostenían unos pasitos... Papá siempre decía que un día aprendería a caminar solita y que entonces todo iría muy rápido. Crecería y volaría sola, y que ese día dejaría de ser su pequeña princesita. Entonces cerraba el libro con tristeza, la besaba en la frente y la arropaba para dormir. Ada querría poder dominar bien el idioma de los mayores y poder decirle que nunca dejaría de ser su princesa. Que por muy lejos que volara siempre volvería a casa a tiempo de escuchar su cuento.

Pasó la mañana como otra cualquiera. Bueno, en realidad no. Mamá estaba todo el rato dándole achuchones y besitos. Y le había puesto el mejor vestidito que tenía. Casi parecía una princesa de verdad. ¡Y con zapatitos de charol! Cómo le gustaría que la viera esa niña tonta y presumida. Y a la hora de la comida, mamá le tenía preparada una gran sorpresa... ¡le había preparado su comida favorita y nada de verdura!!! ¡Esto de los cumpleaños era maravilloso!!! Después de dormir la siesta (ella no quería, pero mamá insistió, le cantó su canción favorita, esa del dragón mágico que vivía en el fondo del mar, y se quedó dormida en un suspiro) empezó a llenarse la casa de gente. Allí estaban los abuelos, peleándose por quien de ellos era el primero en felicitar a su nietecita; también estaban sus tíos, incluso los que vivían lejos. Y sus amigos del parque, todos vestidos como recién salidos de una pasarela de moda. Ada se sentía muy feliz. Había una enorme tarta de chocolate y nata y al fondo de la habitación una montaña de regalos. No se lo pensó dos veces y gateó veloz hacia allí. Empezó por un paquete bastante grande con un enorme lazo rojo y llamativo. Tiró del lazo con toda la fuerza de sus manitas y... algo enorme, blanco y refulgente salió de la caja, volando veloz por toda la habitación para aterrizar suavemente en el regazo de la pequeña, que de la sorpresa había caído de culo. ¡Allí estaba su dragón! era pequeño, seguramente hacía poco que había salido del huevo. Y era tan blanco que casi parecía transparente, brillando con el fulgor de una estrella. Y tan suave como su Frankie (su osito de peluche favorito). Ada lo abrazó con fuerza contra su cuerpecito, Y ya no lo soltó en todo el día. Apenas prestó atención a los otros regalos, ni al payaso que hizo las delicias de los demás niños. Ella no se separaba de su dragón. No había vuelto a volar y se comportaba como un peluche vulgar, pero ella sabía que en cuanto todos se fueran, él volvería a volar para ella. Tan emocionada estaba con su regalo que no se dio cuenta que en la fiesta había alguien que no se divertía. Victor estaba en una mantita en un rincón, llorando desconsolado. Él no sabía ni siquiera gatear y se sentía solo y abandonado. Y muy triste, Ada nunca le había tratado así, al contrario, siempre le defendía cuando los otros bebés, que eran más mayores, no querían que jugara con ellos. Por suerte, el dragón si se dio cuenta y voló hacia el pequeño, arrastrando tras de si a la pequeña, que se negaba a soltar su juguete favorito. Entonces se dio cuenta de lo egoísta y cruel que había sido. Abrazó a su amigo y prometiéndole que jamás volvería a hacerlo le dejó jugar con el dragón. El pequeño volvió a sonreír y los dos estallaron en sonoras carcajadas.

Esa noche, Ada estaba tan excitada que apenas prestaba atención al cuento que su padre le relataba. Pero el cansancio pudo con ella, y abrazada a su dragón se quedó dormida. Y cuando su padre la besó en la frente pensó que tenía el mejor papá del mundo y que un día cuando el dragón y ella hubieran crecido lo suficiente, le llevarían volando con ellos a su mundo de Fantasía.

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