viernes, 19 de marzo de 2010

Los Fantasmas del Palacio del Rey Moro.



Hace un tiempo, cuando publiqué un cuento titulado La Promesa, me lanzásteis el reto de "darle una vuelta a la historia". De hacerla un poco menos "edulcorada", un final menos Disney. Acepté el reto, pero por diversas circunstancias he tardado un poco más de lo que me habría gustado en escribirla.

Y por fin, aquí lo tenéis. Espero que os guste.




Las ánimas del palacio del Rey Moro.

¡Abuela, esto es muy aburrido! ¿Cuándo dejará de nevar?
Estaban en pleno mes de marzo, con la primavera llamando a la puerta, pero el tiempo se había vuelto loco y les regalaba una de las peores nevadas que se recordaban en la región. Y ahora, encima, se habían quedado sin luz. La tarde amenazaba desastre. Tres niños, encerrados en una vieja casona y sin poder ver la tele ni jugar con sus videojuegos.
-Abuela, ¡¡¡me aburro!!! –gimió el más pequeño, tirando de su vestido para reclamar su atención.
Suspiró alejándose del ventanal. Los dos mayores también gritaban su aburrimiento como una cantinela sin fin. Cómo si el repetirlo fuera a hacer que la tormenta amainase o que la luz volviera a dar vida a sus “juguetes” preferidos.
-Niños, niños, calmaos. –intentó calmarlos. –Por mucho que chilléis no cambiarán las cosas. Hay que ver que pronto os aburrís los niños de hoy en día. Cuando era pequeña no había televisión, ni ordenadores, ni nada por el estilo y os aseguro que nunca estaba aburrida.
-¿No? –exclamaron los tres al unísono. – ¿Cómo hacías para no aburrirte?
-Los días como hoy, recuerdo que mi abuelo y yo nos sentábamos a la orilla de la chimenea y me contaba infinidad de historias. –explicó ella, reviviendo aquellas tardes de su infancia. -Cuentos de hadas, de príncipes convertidos en rana… Sabía muchas historias. Pero las mejores eran las de aparecidos. ¿Queréis que os cuente mi favorita?
-¡¡¡Sí!!! –corearon los tres. Se sentaron en la alfombra, rodeando la mecedora de su abuela, alumbrados por la rojiza luz que desprendía en cálido fuego que ardía en la chimenea.
-Está bien, os la contaré. Pero quiero que os estéis quietecitos y muy callados. A esta historia la llamaba “Las ánimas del palacio del Rey Moro”. La escuchó en su juventud, en Toledo, y allí aseguran que fue una historia real que sucedió en tiempos de la dominación árabe, cuando en la ciudad convivían las tres religiones.
La abuela se aclaró la voz y empezó su relato.
“Cuenta una vieja leyenda que hubo en la ciudad un médico judío cuya sabiduría y pericia en el arte de sanar le había ganado la admiración de toda la ciudad. Por eso, cuando enfermó el joven príncipe heredero, el sultán le mandó llamar. Ninguno de sus médicos reales había sido capaz de descubrir el mal que aquejaba al pequeño y éste se apagaba como una lamparita en medio de una galerna. Al sultán se le partía el corazón de ver así a su primogénito. Por eso, cuando el buen doctor consiguió determinar la dolencia que le aquejaba y tratarlo para que en unos pocos días estuviera curado, el soberano, agradecido, quiso recompensarlo. Le concedería su mayor deseo, fuera lo que fuese. Le cubriría de oro y de joyas, o le concedería privilegios y le nombraría su visir. Pero el galeno le decía que no era necesario, que saber que le príncipe estaba sano era suficiente recompensa. El sultán, admirado por su humildad, no insistió más. Le nombró su médico personal y le pidió que, por lo menos, aceptara su hospitalidad. Daría una gran fiesta en su honor. Ordenó a unos criados que lo acompañaran a los baños y que lo trataran como si fuera él mismo.
El pobre doctor se había quedado muy pensativo cuando el sultán se ofreció a cumplir su deseo. Tentado estuvo de revelarle su más íntimo deseo pero, ¿de qué serviría? No deseaba oro ni riquezas, ni ambicionaba poder. No, nada más lejos. Era feliz con lo que hacía y estaba casado con la mujer a la que amaba desde que eran niños. Pero no tenían hijos. Ese era su único deseo. Pero eso no estaba en la mano de ningún mortal. Pensó en su esposa, que era la partera de la Aljama, que traía al mundo a todos los niños de la comunidad, y en lo doloroso que esto era para ella. Lo mucho que le dolían los cuchicheos de las otras mujeres o las insinuaciones que le hacían al doctor para que la repudiara. Él intentaba tranquilizarla, le decía que no le importaban las demás mujeres. Que no le importaba que no tuvieran descendencia. Que no iba a repudiarla. Pero al final terminaban discutiendo, o peor aún, se encerraba en sí misma, sin hablarle si quiera. Era como si un muro de hielo los separara. Y últimamente ni siquiera dejaba que la tocara. Había olvidado cuando tuvieron relaciones por última vez. ¡Qué lejos quedaba ahora aquellos primeros tiempos de su matrimonio, aquellas noches llenas de pasión y deseo! Suspiró resignado y se dispuso a disfrutar de un buen baño y un masaje. Le sentaría bien.
El sultán había quedado impresionado con su nuevo médico. En un palacio dónde todos querían medrar, no era habitual que alguien no quisiera aprovecharse de su magnanimidad. Parecía una persona íntegra, aunque le pareció que alguna sombra pesaba en su alma, un velo de tristeza en sus ojos. Pero la llegada de su hija favorita le sacó de sus pensamientos. Adoraba a su hija mayor, era lo único que le quedaba de su amada sultana. A pesar del tiempo que hacía que la había perdido, no pasaba un segundo que no pensara en ella. Cierto que tenía otras esposa y todo un harén real. Pero a ninguna la había querido, pero necesitaba un heredero. Era su obligación. Por eso quería tanto a su “pequeña” Noor. Había heredado la belleza de su madre. Sus hermosos ojos azules, que contrastaban con su pelo negro azabache. Y también su carácter dulce y cariñoso. Adoraba a su hermano, de hecho no se había separado ni un momento de su lecho, tomando su manecita y cantándole bellas canciones para tranquilizarlo. Parecía cansada, pero su sonrisa seguía iluminando la estancia. ¡Que afortunado era por tenerla a su lado! Sabía que pronto tendría que buscarle un buen esposo. Pero todavía era muy joven para eso. Cierto que varios príncipes habían pedido su mano, y que su madre se convirtió en su esposa con la misma edad, pero él seguía viéndola como su niña. No quería perderla, su corazón no lo soportaría.
Poco imaginaba el sultán la causa de la sonrisa de Noor. Ni el porqué de sus ojeras. No sólo se debían al cansancio y la preocupación por la salud de su hermano. Durante esos días de cuidar a su hermano, la joven princesa había conocido al doctor. Y aunque ya no era joven, seguía siendo un hombre muy apuesto al que los mechones plateados que empezaban a colorear su pelo le hacían más interesante. Y la joven, que nunca había salido de palacio, que los únicos hombres que había conocido eran los eunucos que custodiaban el harén y los aposentos de las mujeres, se enamoró perdidamente del médico. Sabía que era una pasión prohibida, que debería olvidarle. Pero no podía. Y decidió utilizar todas sus armas para seducirlo y conquistarlo.
La fiesta fue digna de un rey. Los mejores músicos y las bailarinas más insinuantes. Un placer para los sentidos. El médico bebió el vino que le ofrecía el sultán. Sabía dulce y nada más beberlo embotó sus sentidos y confundió su mente. Se sentía eufórico y feliz. Al terminar se dirigió a los aposentos que le había asignado el soberano. Sólo pensaba en Rebeca, en lo mucho que desearía tenerla a su lado. En la alcoba una bellísima joven le esperaba envuelta en un velo transparente. Creyó que era una aparición, un ángel, era demasiado perfecta para ser real. Creyó que desaparecería al tocarla. Pero descubrió que era real, que estaba allí, a su lado. Y él, que hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, se dejó llevar por el deseo. La noche trascurrió como en un sueño. Creyó haber regresado a su juventud y a aquellas noches felices con Rebeca.
Pero al día siguiente se despertó con un horrible dolor de cabeza y abrazado a la princesa Noor. Se levantó en el acto, tenía que marcharse de allí. Si alguien descubría que había yacido con la hija del sultán era hombre muerto. Ella se despertó y le sonrió. Y supo que estaba perdido. Que el calor y la ternura de Noor habían derretido el hielo que había en su corazón.
A partir de aquella noche, los dos amantes se encontraban a escondidas, ajenos al mundo que los rodeaba. Él pasaba todo su tiempo en el palacio y apenas visitaba a su esposa. Sus obligaciones como médico real se lo impedían, eso le decía a Rebeca. Pero ella sabía que había algo más, que algo le escondía, ahora nunca le miraba a los ojos. Y supo que había otra mujer. Y ella, que antes lo había alejado de ella, sintió el doloroso aguijón de los celos. Se juró que averiguaría quien le había robado el corazón de su esposo y que le haría sentir todo el dolor que le había causado a ella.
Pero aunque los amantes ponían todo su cuidado en que nadie descubriera su secreto, no contaron con la naturaleza. El cuerpo de Noor empezó a cambiar, y pronto fue evidente que estaba embarazada. La noticia en seguida llegó a todos los rincones del palacio. El sultán, enfurecido, juró matar a quien hubiera deshonrado a su hija. La noticia del embarazo de la princesa llegó a toda la ciudad. Y por supuesto a la aljama y a Rebeca, que supo a ciencia cierta quien era el padre de esa criatura. La noticia la golpeó como un mazo. No sólo le había arrebatado a su esposo. Además le iba a dar un hijo. Lo que ella más había deseado. Y loca de celos y de dolor corrió al palacio, exigiendo ver al sultán. Le contó sus sospechas y que estaba segura que su esposo y la princesa eran amantes. El sultán mandó llamar a su hija y al médico. Estos al verse descubiertos, confesaron la verdad. Noor se arrodillo ante su padre y con los ojos anegados de lágrimas, le suplicó por la vida del médico. Le dijo que no había abusado de ella y que lo amaba con toda el alma. Ver a su hija llorar le ablandó el corazón. La miró a los ojos y supo que era sincera, y recordó lo que era amar de esa manera. Estaba dispuesto a perdonar al médico. Pero en ese momento la princesa se desplomó en el suelo en medio de un charco de sangre. Y a su lado, también ensangrentado yacía su amante. Rebeca, loca de celos, les había clavado un afiladísimo escalpelo en el costado. Y antes de que la guardia pudiera detenerla, se lo clavó en el corazón.
El sultán envejeció ese día. Había perdido las ganas de vivir. La gente empezó a decir que el palacio estaba maldito y las noches sin luna empezaron a oírse extraños sonidos. El llanto de un bebé. Algunos incluso vieron una figura fantasmal que cubierta de sangre, vaga por los salones implorando el perdón. Al fallecer el sultán, su hijo construyó otro palacio, más grande y bello. Y el antiguo palacio cayó en el olvido y quedó en ruinas. Pero todavía hoy, por sus ruinas se siguen escuchando el llanto de un bebé y los lamentos desesperados de una mujer. Y aseguran que cada noche, una figura ensangrentada vaga por los restos del palacio.”
-Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
En ese momento vuelve la luz. Y los niños lanzan exclamaciones de alegría. La abuela no sabe si porque les ha gustado el cuento o porque pueden volver a sus dibujos y a sus juegos electrónicos.
-Nos cuentas otro, abuela. –Le piden a coro los niños. –Ha sido genial.
Y la abuela mira al cielo y murmura: “Gracias, abuelo”.





12 comentarios:

Adivín Serafín dijo...

Lo he leído sin levantar los ojos de la pantalla. Es muchichisimo más creíble. Parece mentira, pero la desgracia es lo que enciende la luz de la trama. Si todo está bien parece no haber historia. Me ha gustado.

jengibre dijo...

Hola Adivín.

Me alegro de que te haya gustado. Es el cuento que más me ha costado escribir. Pero valió la pena aceptar el reto, ha sido una experiencia muy gratificante. No se porqué últimamente sólo me salen finales empalagosos... Será que la felicidad es fatal para poder escribir buenas historias.

Buen fin de semana y besitos de jengibre.

Los Fantasmas del Paraíso dijo...

Guau, me gusta el punto tétrico de lo del fantasma xD.

No debe ser fácil adaptar un cuento que tú misma has escrito, pero lo has hecho muy bien, y no sólo por el cambio en la historia y en la personalidad de los personajes, sino que me encanta que lo hayas convertido en un relato de la abuela. Así, evitas desde el principio que el cuento parezca una copia en algún sentido de La promesa.

¡Qué mala que es la mujer del médico! xD (aunque lo hace por despecho). Se chiva al sultán, los mata... xDD

Arwen dijo...

Muy bueno el cuento cielo...lo he leído sin descansar y me ha encantado, nos seguiremos viendo por aquí...besitos

jengibre dijo...

Hola Fantasmas.

Sí, suponía que lo del fantasma te gustaría... ;)

Y no, no ha sido nada fácil. Me ha costado mucho escribirlo. Pero por primera vez he conseguido llevar a los personajes a donde quería. Y ha sido una experiencia muy enriquecedora.

La pobre Rebeca... Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Eso es lo que le pasó a ella.

Besitos de jengibre.

jengibre dijo...

Hola Arwen.

Bienvenida a este pequeño rincón. Pasa, ponte cómoda, estás en tu casa.

Besitos de jengibre.

Canoso dijo...

Me gusta, me gusta, me gusta... Así, dependiendo del ánimo que tengas puedes elegir uno u otro.

Abrazotes de sábado.

jengibre dijo...

Hola Canoso.

No es mala idea esa. Porque a veces te apetece creer que las cosas pueden acabar bien. Que el "y fueron felices y comieron perdices" es posible.


Besitos de jengibre.

jengibre dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Nicolás dijo...

¡Magnífico!

Me asombra ver cómo pudiste construir un fantástico cuento de terror (o, mejor dicho, crear una leyenda o una fábula de tiempos lejanos que una abuela puede contar a sus nietos cuando hay un corte de luz), a partir de un cuento con final feliz. Esto demuestra que eres muy capaz de conseguir los efectos que te propones y de llevar a los personajes por los senderos que quieras cuando tú lo dispongas.

Sobre el cuento... ¿qué decir? Lo cierto es que el cuento deja dicho absolutamente todo. Me encantó ver ese sangriento final ante el Sultán, cuando todo estaba a punto de solucionarse... ¡Zas! Nadie contaba con que Rebeca no quería que todo se solucionara.
Y al asesinarlos en frente de todo el mundo se hace inexistente la necesidad de un detective... jo... XD

¡Excelente producción y gran musicalización!
¡Elen síla lumenn'omentielvo!

P.S. Extrañé, a pesar de tener una gran musicalización, una pieza de gran tragedia, dolor y angustia, pero que también reflejara una maldición que perduró por los siglos venideros. Después dicen que no estoy del todo loco.

P.P.S. Creo que es la primera vez que uso los cuentos como un desaogo con el Internet... pero... ¡me comió el comentario que yo creía haber escrito ayer!

jengibre dijo...

Hola Nicolás.

Quería un final en plan Shakespeare en sus mejores tragedias, Otello por ejemplo. Y me temo que si no hubiera corrido la sangre nunca se hubiera convertido en leyenda.

Sí, me temo que ese final no necesitaba detective... Pero que quieres, Jack Ryder no estaba disponible para dirigir la investigación. XD Además, dejo el género negro para él, se le da mejor que a mí, de eso no hay duda.

(Inciso: Jack Ryder es el investigador jefe de La Sociedad del Misterio lasociedaddelmisterio.blogspot.com)

Joaquín Sabina es uno de mis cantantes favoritos.

Te aseguro que tuve que sacar el látigo para que los personajes me obedecieran. Ha sido agotador.

Besitos de jengibre.

Elecciones electorales dijo...

Que buen articulo, realmente fue algo que disfrute, un saludo.

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