domingo, 30 de agosto de 2009

Isolda (primera parte)

Érase una vez, en una gran y próspera ciudad a orillas de un tranquilo mar cargado de historia, habitaba una niña, traviesa y curiosa, como lo son todas a esa edad en que todavía creen en princesas y dragones; y tan traviesa, valiente y decidida que muchas veces sino fuera por los vaporosos vestidos que la hacían llevar, se confundiría con uno más de los golfillos de la calle.
Había nacido en el seno de una familia acomodada. Su abuelo paterno había hecho fortuna en Cuba con la caña de azúcar, para regresar a la ciudad que lo vio nacer convertido en un rico indiano. Para dejar constancia de su nueva situación, se construyó un impresionante palacete en uno de los barrios más señoriales de la ciudad, diseñado por uno de los arquitectos más prestigiosos de la época. Todo era poco para hacer ostentación de su riqueza. Se codeaba con condes y marqueses; todos aquellos que antes ni se habrían dignado ni a mirarlo, ahora le trataban con esa deferencia que solo da el dinero. Pudo haber contraído matrimonio con la única hija de un duque arruinado por el juego, y así sumar un título nobiliario a su fortuna, pero sorprendiendo a todos, optó por casarse con una humilde costurera, la mujer de la que se enamoró cuando era un joven aprendiz de carpintero, aquella por la que había dejado todo lo que tenía y se había embarcado para tierras lejanas, con la esperanza de ofrecerle un futuro mejor que el que tenían. En los duros momentos pasados en las junglas salvajes, llenas de mosquitos y calor, era el recuerdo de sus ojos lo único que le daba fuerzas para seguir. Por eso, lo primero que hizo al llegar al puerto fue ir a buscarla. Necesitaba saber si le había esperado todos estos años. Sí el esfuerzo había valido la pena. Cuando llegó hasta ella y la miró a los ojos, supo que nada había cambiado entre ellos. Su boda fue el mayor acontecimiento de la temporada social. Luna de miel en París y Viena. Y al volver de su viaje por Europa, la grata noticia de que esperaban su primer hijo.
Un hijo varón, que desde el primer momento estuvo rodeado siempre de lo mejor; el mejor colegio de la ciudad, un internado en Inglaterra del que pasó a la universidad de Oxford. Todo era poco para el heredero del imperio que tanto le había costado levantar. Y demostró que era digno sucesor de su padre, no solo conservó su patrimonio, sino que lo engrandeció aún más. Era un hombre de negocios frío y calculador. A su debido tiempo contrajo matrimonio con la hija de un conde, la joven más hermosa de toda la alta sociedad de la época. La boda fue el evento del momento, toda la buena sociedad asistió. La novia estaba radiante envuelta en una nube de tules y sedas, que realzaban su hermosura confiriéndole un aura de irrealidad, como si de un ángel se tratara. El novio, impecablemente vestido de etiqueta, traído expresamente de Londres, de una sastrería exclusiva que vestía también al Príncipe de Gales. E inmensamente feliz, no porque estuviera perdidamente de la que iba a ser su esposa, sino porque entroncaba con una de las familias más aristocráticas de la ciudad, pensaba más en ella como en una buena inversión o un bello adorno en su casa. El amor, se decía, no existía era sólo una invención de los poetas… y así les iba, morían jóvenes y arruinados.
Fue un matrimonio condenado al fracaso desde el principio. La joven esposa descubrió muy pronto que su esposo no la amaba. Que todas aquellas bellas palabras que no hace tanto tiempo le dedicara, todas aquellas atenciones y regalos, todo ese amor que decía sentir por ella era una gran mentira. Ella que podría haber elegido a cualquier joven de la ciudad, que era la más bella y admirada, la que, según las malas lenguas, había llegado a ser la causa que un joven poeta de mucho talento se pegara un tiro al no ser correspondido. Ese matrimonio había sido un gran error, y desgraciadamente ya no había vuelta atrás. Tendría que fingir una felicidad que estaba muy lejos de sentir, sonreír a todo el mundo, aunque su corazón estuviera completamente destrozado.
Al volver de su viaje de novios, se refugió en una intensa vida social. No había baile de sociedad al que no acudiera, ni se perdía ninguna noche de gala en el teatro de la Ópera. Así, por lo menos lejos de casa, era feliz. Pero todo cambió cuando supo que estaba embarazada. Lejos de sentir la alegría natural de toda joven recién casada ante la llegada de su primer hijo, ella se sumió en una completa melancolía. Por entonces no estaba bien visto que una mujer embarazada se dejara ver en público y en actos sociales. Y empezó a desear con todas sus fuerzas perder a esa criatura que llevaba en su seno, y a la que nunca podría llegar a querer. Y fue por entonces cuando se enteró de que su esposo tenía un lío con una famosa artista de varietés, recién llegada del loco París. Lejos de hacerle daño, esa noticia la llenó de alegría. Así, por lo menos, su marido se mantendría lejos de su habitación.
A su debido tiempo nació una niña, fuerte y sana. Su madre apenas si la miró cuando se la pusieron sobre su corazón. Y se negó incluso a amantarla. Quería recuperar cuanto antes su figura y su belleza para volver a su vida social. Cuando a su padre le dijeron que había sido niña se sintió tremendamente decepcionado. Estaba claro que su esposa era incapaz de hacer algo bien, en lugar de un varón que heredara su fortuna y perpetuara su apellido sólo era capaz de darle una hija, que traería más problemas que ventajas.
Llamaron a la niña Isolda, como la heroína de una ópera, por expreso deseo de su madre, que se opuso a que su hija se llamara como su suegra. En realidad no tenía nada contra ella, era más por llevar la contraria a su marido, que por otra cosa. Desde el primer momento Isolda pasó a los brazos del ama de cría y de su niñera.
Sus primeros recuerdos estaban ligados a esas dos mujeres. De hecho, la primera vez que dijo “mamá” fue a su niñera, y no fue hasta algunos años después que descubrió que aquella señora tan guapa y bien vestida que a algunas noches pasaba a darle las buenas noches, era su verdadera madre. Su padre era diferente, aunque al principio le decepcionó el que no fuera un varón, en cuanto vio a la pequeña Isolda, y la sonrisa que ésta le dedicó en cuanto la estrechó en sus brazos, supo que esa cosita tan diminuta e indefensa le había robado el corazón. Y él, que no creía en el amor, que nunca lo había sentido, descubrió que amaba a Isolda por encima de todas las cosas; de sus negocios y de su fortuna.




4 comentarios:

Nicolás dijo...

Buenas tardes mi querida Hada Jengibre, me complace ver que nos has vuelto a regalar con una de tus mágicas historias. Creo que los pequeños detalles que te mencioné son los únicos que he visto en este cuento. Por lo demás, déjame decirte: "¡Felicitaciones!" De verdad, has logrado muy mucho en muy poco tiempo, has mejorado bastante, y yo, que tengo el privilegio de tener vuestros primeros bocetos, puedo apreciar una gran madurez literaria. Has tomado mis pequeños consejos, y los de demás personas, aplicándolos y haciendo una obra mejor que la otra. Y llenando de luz y alegría este frío y gris mundo. Sigue así, que mientras más trates, vas a poder seguir mejorando, creciendo, y así, inundando de luz y felicidad nuestra tierra. Lo dicho, un genial cuento, buena parte introductoria para una historia.... Que, ¿Cómo será? ¿Qué ocurrirá? Has creado suspenso y espectación, primera señal de que podrás atrapar al lector desprevenido. ¡Buen trabajo!

Nicolás dijo...

Oh, y ya sabéis, muy buena la musicalización.

jengibre dijo...

Querido Nícolas.
Celebro verte de nuevo por aquí. Ya sabes que formas parte de este pequeño mundo.

Muchas gracias por tus elogiosas palabras. Como siempre, has conseguido que me sonroje. Y me has dejado sin palabras.

¿quieres saber como seguirá la historia? Tendrás que esperar unos días, pues ni yo misma lo sé. Recuerda que las historias me son susurradas desde lo alto. No puedo prever cuando me llegará la siguiente parte...

así que solo te diré: ¡Está atento!

jengibre dijo...

Ah, y me alegra que te guste la música.

La verdad es que intento buscar músicas que me gusten y sean un poco acordes con la historia. Y a veces cuesta un poco. Pero saber que a alguien le gusta es un revulsivo para seguir así.

Gracias de corazón.

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