martes, 11 de agosto de 2009

El corazón compartido. (4ª parte)


El sol empezaba a asomar por encima de los tejados de la ciudad que se despertaba con el bullicio habitual de esas horas de la mañana; los tenderos abrían sus comercios, los campesinos de las poblaciones cercanas ponían sus puestos en la plaza para vender sus mercancías, las amas de casa y las criadas hacían sus compras, jóvenes estudiantes regresaban a sus habitaciones después de alguna juerga nocturna… el típico trajín de todas las mañanas en una gran ciudad.
En una de las buhardillas un joven contempla la ciudad, pero está tan absorto en sus pensamientos que apenas ve la escena que se desarrolla delante de sus ojos. Se ha levantado con el mismo sueño que desde hace unos meses tiene cada noche, un sueño que le ha llevado hasta esta ciudad, a la que se había jurado no volver.
Y todo por los extraños sucesos que le habían sucedido ahora hacía justo un año. Recordó aquella noche fría en la que se encontró con una joven medio muerta de frío en medio del bosque, y como la joven cambió su vida cediéndole una parte de su corazón. Una sonrisa iluminó su cara al recordar aquel momento, cuando se despertó en la cabaña de Molly y por primera vez en su vida sintió el latido de su corazón. Su primer impulso entonces fue buscar a la muchacha que tan generosa había sido con él, su primer sentimiento fue el de gratitud hacia ella, pero por más que busco en la cabaña y por el bosque, no pudo encontrarla, se había marchado y quizás jamás volvería a verla, ni siquiera sabía su nombre, ni de donde venía. Se sintió entristecido por eso, no sabía muy bien porque, quizás estaba preocupado pues ella no sentía muchas ganas de seguir viviendo y era posible que volviera a intentar lo que él había evitado; de todas formas, ya no podía hacer nada. Respiró el frío aire de la mañana y se acordó de su familia, y sintió el deseo irrefrenable de correr hacia ellos y abrazarlos y sentir todo ese amor que hasta entonces le había sido negado.
Recordó el rencuentro con su madre, el abrazo interminable en el que se sumieron y las lágrimas que ambos derramaron, sus primeras lágrimas y le sorprendió comprobar que tenían sabor a sal. Ese día lo pasó con ellos, riendo con las historias de sus hermanas, hablando con su padre sobre ciertas ideas que había tenido para mejorar la granja. Sentía un calor muy dentro de él, algo que nunca antes había sentido. Caía ya la tarde cuando se dirigió al pueblo para visitar a algunos de sus antiguos compañeros de clase, que se alegraron mucho de verlo sonreír y tomando unas cervezas en la taberna les contó lo que le había pasado. Estaba tremendamente feliz, pero recordó que no podía quedarse demasiado en el pueblo, todavía pesaba sobre él la sombra de un delito que no había cometido y tenía que mantenerse escondido. Eso le hizo conocer por primera vez la ira, contra todos aquellos que lo habían condenado sin ni siquiera haberle dado la oportunidad de defenderse.
Regresó al bosque y a la cabaña de Molly, a su vida que ahora sentía monótona y aburrida. Tenía nostalgia de sus estudios, se había sentido seguro entre sus números y sus estrellas.
Y por entonces empezaron los sueños. Soñaba con la joven desconocida, y se levantaba con una extraña opresión en el pecho. Le habló de sus sueños a Molly, y también de la extraña melancolía que sentía, y de que a pesar de no saber ni su nombre, la recordaba perfectamente, cada pequeño detalle de su aspecto, como las pequeñas pequitas que adornaban sus mejillas o sus ojos de un verde tan profundo como el mismo bosque.
Le contó su preocupación por ella, le asustaba que hubiera vuelto a intentar acabar con su vida, o que ya lo hubiera hecho. La anciana y sabia curandera le tranquilizó diciéndole que si a ella le hubiera pasado algo malo él lo sabría… lo sentiría en su corazón; pero le aconsejó que si tanto le importaba la muchacha, debería ir a buscarla.
Y así lo hizo, durante meses recorrió todos los pueblos y pequeñas ciudades de los alrededores sin hallar ni una pequeña pista del paradero de la que tanto deseaba volver a ver. Al final, desanimado, volvió a su hogar, con un sentimiento de fracaso y tristeza en su corazón. Se había resignado, no volvería a verla jamás.
Pero al llegar a casa le esperaba una sorpresa. En su ausencia se había recibido una extensa carta de uno de sus profesores de la Universidad, un anciano profesor de matemáticas, sabio y de buen corazón. En ella le relataba que después de muchos esfuerzos por parte de varios de sus compañeros y de algunos profesores, habían conseguido que la verdad saliera a la luz y que la hija de su antigua patrona confesara que lo había acusado por despecho; por lo que habían dejado de perseguirlo y podía volver a sus estudios. Es más, le ofrecía alojamiento en su casa, donde su esposa y él estarían encantados de recibirlo.
Y allí estaba ahora, en una hermosa habitación abuhardillada, contemplando los tejados y perdido en sus pensamientos. Estaba feliz por volver al mundo al que pertenecía, a estudiar los planetas y a sus números perfectos; pero sentía que le faltaba algo, sobretodo después de esos sueños. Cada noche igual, soñaba con la muchacha tendida en la nieve, dormida; quería correr a despertarla pero sus pies no le obedecían y la joven se volvía una figura de hielo que se derretía ante sus ojos.
Pero se le hacía tarde, las clases no esperaban por nadie, y apenas tenía tiempo de terminar de vestirse, tendría que marcharse sin desayunar. Se pararía por el camino, le habían hablado muy bien de una pequeña pastelería cerca de la universidad. Hoy se concedería un pequeño capricho, quizás un dulce le quitara la amarga sensación que le dejaban los sueños.
Nada más entrar en el establecimiento, su corazón empezó a latir descontroladamente sin motivo que lo justificara, y una alegría inmensa inundó todo su ser, empezó a reír como nunca en su vida lo había hecho. Toda la clientela que llenaba el obrador en ese momento le miró con reprobación pero justo en ese momento salía la dependienta de la trastienda, llevaba las manos ocupadas con unas bandejas de pasteles que le habían pedido e iba absorta en sus quehaceres. Al verla sintió que se le paraba el corazón… allí estaba la generosa desconocida que le había cedido parte de su corazón. Corrió hasta el mostrador, apartando a cuantos se interponían en su camino, hasta llegar a su lado. En cuanto sus miradas se cruzaron, se reconocieron mutuamente y fue como si el mundo se hubiera parado en torno a ellos. Un sentimiento cálido los envolvió, ella dejó las bandejas en el mostrador y corrió a fundirse en un abrazo con aquel que le había devuelto a la vida.

3 comentarios:

Nicolás dijo...

Hadita, hada, mi hada jengibre. ¡Es bellísimo! Se nota mucho la mejoría desde tus primeros cuentos, y te aseguro que esta historia me ha conmovido. Una cosita, no utilices tan seguido la misma expresión. En vez de en ese momento, pudiste haber usado, en ese preciso instante. Sugerencia, carente de importancia. Magia, amor, felicidad, todo eso me han dado vuestras palabras. ¡Sigue así!

jengibre dijo...

Muchas gracias Nicolas.
Has conseguido que me sonroje con tan hermosas palabras.

Esta es una historia que llevaba mucho tiempo dándome vueltas en la cabeza, y que al final ha podido salir. Mañana habrá un pequeño epílogo. Y para la semana que viene creo que continuaré con la historia que quedó colgada... ¡¡¡he recibido carta de James!!!! Pero no adelanto nada, mejor os dejo con la intriga...

Nicolás dijo...

¿Se puede considerar no arruinar una sorpresa como un acto de bueno? Es decir, es lindo tener sorpresas... ¡Pero ya me está carcomiendo las entrañas! Esperaré lo que tenga que esperar.... ¡Pero ya quiero saber qué fue lo que le ocurrió a James! Y a estos dos tortolitos... claro.

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