miércoles, 9 de septiembre de 2009

Isolda. (segunda parte)

Isolda crecía sana y feliz. Su padre, quizás para compensarla de la frialdad e indiferencia con que la trataba su madre, la mimaba, excesivamente según todo el mundo. Nunca le decía que no a nada, su habitación de juegos estaba llena de los mejores juguetes, traídos de París y de Londres, el sueño de todo niño hecho realidad. Pero ella, que desde que era un bebé había pasado más tiempo con su niñera que con su madre, que sus primeros pasos los había dado en la cocina, rodeada por las doncellas del servicio y la cocinera; que su primer compañero de juegos había sido el hijo de su ama de cría, un niño débil y enfermizo llamado Manuel, al que todos llamaban “pequeño Manuel” porque a pesar de tener la misma edad que Isolda, era escuálido y canijo. Por todo eso, la niña pasaba todo su tiempo en la cocina, o jugando con los hijos de la cocinera o el cochero. No era difícil verla corriendo por el inmenso jardín, con su vestidito manchado de barro, las piernas llenas de morados y arañazos pero riendo feliz, jugando con los otros niños a piratas o a mosqueteros. Y con Pequeño Manuel siempre pegado a sus faldas. En un principio, los demás niños no querían admitirlo en sus juegos, su aspecto frágil le granjeó las burlas de los demás; pero Isolda había salido en su defensa, todos conocían su habilidad y puntería con el tirachinas, por eso era mejor no meterse con ella. Además era la hija de la casa, y gracias a ella podían jugar en los jardines en lugar de las callejas y descampados que se habían convertido en lugares algo peligrosos; era mejor dejar que el “canijo” se uniera a ellos.
Pero aunque su madre le tuviera sin cuidado lo que hiciera o dejara de hacer su hija, no pasaba así con sus abuelos maternos. Para ellos era una afrenta ver a su única nieta convertida en un golfillo de arrabal. Ellos, que querían verla convertida en toda una dama de modales refinados, no entendían como su hija consentía que las cosas fueran así. Así que un día se presentaron en el palacete, dispuestos a hacerle ver que Isolda necesitaba una educación acorde con su posición. Todavía estaban a tiempo, nada como una buena y estricta educación en el prestigioso internado británico al que había asistido su madre; pero la pequeña era demasiado joven para eso, lo mejor sería contratar los servicios de una severa institutriz inglesa para corregir esos hábitos tan poco recomendables y convertirla en una señorita.
Con lo que no contaban era con la total oposición de su yerno. Se negó a enviar a la niña tan lejos de su lado. El había pasado casi toda su infancia y su primera juventud en un internado y sabía como se sentiría su niña; pero lo más importante, él no podría vivir en esa casa si no fuera por su hija. Cada vez se le hacía más difícil el estar junto a su esposa y fingir una felicidad familiar que nunca había sentido, y si lo hacía era sólo por su “princesita”, ella con sus risas y travesuras caldeaba el gélido ambiente de su hogar. La reunión terminó con una brusca discusión entre suegro y yerno, que los separó para siempre. Y para dejar claro quien era quien mandaba en su casa, en lugar de la severa institutriz, contrató a una joven dulce y amable; Elaine, la hermana pequeña de uno de sus antiguos compañeros de estudios, que por azares de la vida había quedado viuda muy joven y con escasos recursos. Antes de casarse había dado clases en un colegio para señoritas, por lo que estaba muy capacitada para la tarea.
La llegada de Elaine al palacete supuso muchos cambios en la vida de Isolda. Habilitaron una habitación para ella al lado de la de la niña, la sala de juegos se convirtió también en la habitación de estudio. Y la niña se adaptó por primera vez en su vida a unos horarios regulares. Y por primera vez, una rabieta no le sirvió para nada. Lloró y lloró, pero esta vez fue tajante. Elaine había venido para darle clases y no se marcharía; al contrario, sería ella quien, a partir de ese momento, se ocuparía de todo lo referente a ella. Lo único en lo que consiguió que su padre transigiera fue en dejar que el “Canijo” asistiera también a las clases. Cansada de llorar, al final aceptó que su vida iba a cambiar, pero mientras conservara a Manuel a su lado, las cosas no serían del todo malas. Ya se les ocurriría alguna travesura para recibir como se merecía a su nueva institutriz. Porque aunque Manuel no fuera tan fuerte como los otros niños, tenía algo que ellos no tenían, era tremendamente despierto, listo y muy imaginativo. Y aunque le seguían llamando “Canijo”, no lo hacían despectivamente, ese se había convertido en su apodo. Se había ganado su respeto, pues gracias a sus estrategias, habían ganado infinidad de batallas cuando se enfrentaban a las bandas de pilluelos del barrio.
Nunca tuvieron tiempo para esa travesura, Elaine se ganó el corazón de los niños nada más llegar. Isolda, que esperaba una especie de ogro vestido de gris, de rostro severo y duro (no había podido evitar escuchar la discusión entre su padre y su abuelo), se encontró con una joven de aspecto risueño y dulce, una cálida sonrisa le iluminaba el rostro, aunque el largo viaje la había agotado. Vestía con un sencillo vestido negro, pero lejos de darle un aspecto aterrador, le daba un aire de melancólica tristeza, su luto era aún muy reciente. Transmitía tanta calidez, que la pequeña se sintió cautivada desde el primer momento; y cuando esa primera noche, al acostarse le contó una leyenda de su tierra, de un lago encantado en el que las noches de luna llena bailaban las ondinas, y de un elfo curioso que las espía y acaba convertido en junco por su osadía, descubrió que sí que su vida iba a cambiar, pero para mejorar.
Estaba tan contenta, que esa mañana se despertó muy temprano. Quería ver a su padre antes de que se fuera a la fábrica. Se vistió lo más rápido que pudo y bajó corriendo al comedor donde él desayunaba para lanzarse a sus brazos en un enorme abrazo y llenarlo de besos. Y lágrimas de felicidad corrían por las mejillas de los dos.




11 comentarios:

Nicolás dijo...

Jengibre, es un cuento maravilloso. Creo que te has lucido, y cada vez más mejorando más. Para que todos aquí lo oigan, este cuento es el que mejor le ha salido a nivel sintáctico, tanto que yo, que usualmente soy el crítico corrector, debo anunciaros muy felizmente: "¡Este cuento no tiene ningún 'error'!" Al contrario, este cuento presenta una gran calidad estética, y es sublime en todo su arte y explendor. Me hizo sentir la felicidad de la niña al abrazar a su padre, y al querer a su nueva institutriz. Me hizo sentir la amistad entre Isolda y Manuel, me has transportado al cuento mismo, y te has lucido magníficamente. Has creado, has imaginado, has jugado con tu imaginación. Sencillamente, valió la espera. ¡Sigue así! Y sigue escribiendo, que no quiero dejar de leer esta historia tan linda, ni quiero dejar de oír las historias que un Hada tiene para narrar.

jengibre dijo...

Me aalegro de verte de nuevo por aquí, querido amigo.

Veo que ya voy aprendiendo a expresarme bien en vuestro idioma. Tienes que entender que es muy distinto de la lengua de las hadas. Y aunque tenemos don de lenguas, no pasa lo mismo con la gramática y la sintaxis.

Por lo demás ¿que puedo decir? Me has vuelto a dejar sin palabras. Sólo te diré:
¡¡¡¡MUCHAS GRACIAS!!!!

Los Fantasmas del Paraíso dijo...

Bueno, pues es el primer comentario que dejo por aquí, y como no tengo mucha experiencia en crítica de relatos no sé muy bien qué decir.

Creo que leer las dos partes seguidas me ha ayudado a meterme en el relato, y espero ansioso la tercera. Destacaría, por encima de la historia, de la que aún no has desvelado mucho, los personajes, que aunque lineales por ahora (cosa que de por sí no es mala ni buena) están bien dibujados.

Si me da tiempo leeré antes de cenar V. E. R. y la última entrada de El Salón del Estudio, si no lo haré mañana.

Un saludo,
Los Fantasmas del Paraíso

jengibre dijo...

Bienvenido seas amigo Fantasmas a este pequeño rincón.

Agradezco tu comentario y tu crítica. No se si lo he dicho con anterioridad, pero soy una hada novata en esto de la escritura, y además soy autodidacta. Voy aprendiendo con cada relato que escribo.

La tercera parte está en proceso de creación. Espero poder tenerla para este fin de semana.

Nicolás dijo...

Bienvenido por esto lares, amigo.... me satisface veros por este rincón de luz y color. Jengibre es, como bien dijo, autodidacta, así que vamos aprendiendo todos juntos en un eterno aprendizaje. Ella escribe, y yo detecto algunas cosas que mejorar, así aprendemos ambos. Y yo también estoy impaciente por ver continuar la historia, pero no apresuro a la narradora. Todo merece su tiempo.

Los Fantasmas del Paraíso dijo...

Leyendo vuestros comentarios se me ha venido a la cabeza una curiosidad morfológica que creo que no todos conocen: Jengibre es autodidacta, pero en el caso de que Nicolás lo fuera, sería autodidacto. Aunque se suele emplear la forma terminada en "a", también existe autodidacto (se puede comprobar en www.rae.es). No es más que una curiosidad.

jengibre dijo...

Vaya, pues no sabía eso de que se podía usar la forma en masculino. Muchas gracias por decírmelo. Una siempre teme hacer como cierta ministra al decir eso de "miembras y miembros" XD

Nicolás dijo...

¡Gracias por la data, Fantasmas! Nunca se sabe cuando esa información puede ser práctica. ¿Ven como todos tenemos algo nuevo y distinto para enseñar? ¿Ven que todos tenemos riquezas dentro y que al compartirlas podemos lograr un enrriquecimiento mutuo? Y.... Por casualidad, ¿Esa ministra no será la de: "Me parece asustante que"...? ¿Verdad?

jengibre dijo...

No, no es la misma ministra. Esa era la ministra de cultura. Y la que dijo esa perla era la ministra de Igualdad. Pero como ves, nuestras ministras demuestran una riqueza de vocabulario "asustante" ¿no crees?

Los Fantasmas del Paraíso dijo...

Para vocabulario amplio el de la anterior ministra de fomento: "Si cambió la nevada de manera impredecible, y no la predicen los que la tienen que predecir, ¿cómo la vamos a predecir los que no hacemos predicciones y estamos esperando la predicción?". Toma castaña.

jengibre dijo...

Es verdad, había olvidado a esa buena señora. La verdad es que dijo perlas bastante jugosas. Recuerdo que cuando a causa de las obras del ave Madrid-Barcelona se tuvo que paralizar toda una zona de cercanías durante un montón de meses, esta buena señora vino a decirle a las miles de personas que utilizaban ese servicio para ir al trabajo, que se quejaban de vicio y que cuando estuviera terminado el Ave ya disfrutarían.

Y yo me pregunto ¿no ha mujeres mejor preparadas a todos los niveles para ocupar esos cargos? Porque la verdad, creo que la representación que hacen esas señoras no nos deja en muy buen lugar al resto de mujeres.

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